Ruleta: Consejo a los jugadores

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Segunda regla: no apostar nunca a los números en pleno. En efecto, el que apuesta a en plein añade un segundo cero a la ruleta y hace subir la ventaja de la Banca del 2,70 % al 5,40 %. ¿Por qué? ¿Acaso no existe la misma proporción entre las ganancias pagadas al en plein a las pagadas por otras combinaciones (caballos o tercenas, etc.)? Desde luego, la proporción es la misma. Entonces, ¿qué? ¿Tal vez desaconsejo apostar al en plein porque las probabilidades de ganancia son inferiores a las dadas en las apuestas, por ejemplo, sobre una docena o una sextena? Ni por sueño. El que apuesta a una sextena o una docena tiene, matemáticamente, las mismas probabilidades de victoria de quien apuesta a un en plein.

Entonces, ¿por qué desaconsejo el juego sobre los números en plein, juego que -en cierto aspecto- es el más fascinante?

Muchos jugadores son llevados a jugar a números en plein, porque el jugador se siente en comunión espiritual con los números.

Para un jugador, el 24 podrá ser el número preferido porque le recuerda la edad de su mujer o la fecha de su nacimiento. El 28 nos inspira porque nos recuerda los primeros números de nuestro teléfono o la matrícula de nuestro coche. El 36 "nos cae bien" porque es el número que se nos ha dado en el guardarropa.

Y tenemos, para los apasionados a la lotería, los números a los cuales La Smorfia (el libro de los sueños) da un significado preciso: 6, 13, 16, 17, 22, 23 y 29. ¿Qué jugador supersticioso no se ha apresurado a apostar al 16 tras haber visto pasar por la sala de juego a una señora de proporciones posteriores más bien vastas? ¿Qué jugador "cenizo" no ha tratado de recuperarse apostando animosamente al 17, el número correspondiente a la desgracia? (El que desee conocer el significado de los otros números puede consultar La Smorfia.)

En resumidas cuentas, que hay muchos jugadores que "hablan" con los números. Por el contrario, las tercenas y las decenas son mudas, no nos dicen nada. Entonces, ¿por qué sigo desaconsejando las apuestas a los numeros en pleno? Porque quien gana apostando al en plein está moralmente obligado a dar una ficha de propina al croupier. ¿Y qué es -se dirá- una ficha cuando se han ganado treinta y cinco? No es mucho, pero quien hace cálculos al final de la velada advierte que, a menudo, el resultado total (negativo) depende de las fichas que se han ido por el camino de las propinas. Dar propina equivale a poner un segundo cero en el cilindro de la ruleta y en duplicar la ventaja de la Banca.

¿Conocen ustedes la proporción que hay entre las ganancias de las casas de juego, o sea, entre las pérdidas involuntariamente sufridas por los jugadores y el dinero dejado voluntariamente por ellos en concepto de propinas? ?stas oscilan entre el 30 y el 35 % de los ingresos brutos.

?stas mis observaciones gustarán poco a los croupiers, los cuales deben gran parte de sus ganancias a las propinas. Por otra parte, todos los croupiers son excelentes conocedores del juego de azar y de las reglas matemáticas por los que tal juego es dominado. En consecuencia, no podrán por menos de estar de acuerdo con mi razonamiento. Y tampoco podrán reprocharme el consejo que imparto a los jugadores, porque -como ellos saben muy bien- ningún jugador lo seguirá.

Añadiré que los croupiers saben cómo comportarse para inducir a los jugadores afortunados a dejar generosas propinas pour les employés. Cuando hablan con un jugador avaro, insertan en su voz, con toda claridad, notas de reproche -o de desprecio-, a las que son particularmente sensibles los nuevos ricos, que sufren un complejo de inferioridad respecto a los croupiers. Los nuevos ricos quieren ser admirados cuando ganan y compadecidos cuando pierden. Y tienen miedo de ser maldecidos por el croupier cuando no dejan propinas generosas. Más aún, a menudo se ve al tonto generoso que da propina incluso cuando gana apostando al rojo o a una docena. Es el clásico tipo de exhibicionista, muy frecuente en las casas de juego.

He aquí por qué reciben tantas propinas las mujeres adscritas, en las casas de juego, a los guardarropas y a los excusados.

Pero siempre antes -no después- de la partida. Porque los jugadores tienen miedo de atraerse el mal de ojo si se muestran poco generosos. Por tanto, la propina no es acto de generosidad (por lo menos en los casinos), sino de bellaquería y de superstición. Naturalmente, el jugador que, hacia el final de la partida, está realizando grandes ganancias, hará bien en dejar buenas propinas. Pero deberá recordar siempre que las cuentas se hacen en las escaleras, y que quien baja las escaleras de un casino debe preguntarse a menudo si su pérdida conclusiva no es debida a las propinas dejadas con excesiva euforia en los momentos en que le era favorable la diosa vendada.

Recuérdese, en todo caso, que en Italia no todas las propinas se dan a los croupiers. El administrador de la casa de juego retiene para sí el 49 %; el 2 % va a un fondo de solidaridad para los parados, y el restante 49 % se distribuye entre los empleados de la casa de juego.

En Francia, los croupiers obtienen sus ganancias casi exclusivamente de las propinas, y, en consecuencia, son insuperables en la cara dura con que piden la propina, a menudo, casi abiertamente, cosa que en Italia se observa muy raras veces.

Pese al desenfado de los croupiers franceses en las casas de juego de la Costa Azul, los jugadores dejan propinas inferiores a las que dan los italianos. Los franceses se ríen de la opinión de los croupiers, los cuales, por lo demás, desprecian a los jugadores en lo más intimo de su corazón, no llegando a comprender cómo puede haber tantos ingenuos que tiren así el dinero.

Por el contrario, los italianos se dejan a menudo intimidar por los croupiers.

Comerciantes y cantantes, industriales y directores cinematográficos suelen dar copiosas propinas, sobre todo cuando se encuentran en el extranjero, donde, por el solo hecho de tener que hablar en francés (aunque todos los croupiers de la Costa Azul conocen el italiano), ven cómo aumenta su complejo de inferioridad. Buscan la complicidad moral del croupier, y la pagan a caro precio vertiendo esa supercagnotte que es la propina.

Pero mi razonamiento es inútil. Y no me serviría de nada recordar que cada año, sólo en las casas de juego italianas, se pierden muchísimos miles de millones, sin tener en cuenta las sumas dejadas en concepto de propinas ni los importes de las entradas. Y una suma aún mayor es dejada en los 148 casinos y en los 35 círculos privados franceses. Pero todo jugador estaría presto a responderme con las palabras que Dostoievski pone en boca del personaje de su novela autobiográfica. El jugador: "...Si, lo sé: gana un jugador de cada cien. Pero YO no me iré de Roulettenburg con las manos vacías." Y podría añadir: "Sí, el cálculo de probabilidades y la costumbre de dar propinas me deberían condenar a perder. Pero el cálculo de probabilidades no tiene en cuenta la suerte. Y YO, esta noche, soy afortunado. YO tengo la sensación de que esta noche desbancaré."

En Francia, en 1977, se apostaron unos 15.000 millones de francos en el "Tiercé" (carreras de caballos), mientras que los casinos declararon haber pagado apuestas por un valor de 600 millones. En estas cifras no se incluyen las apuestas ganadas en los 35 círculos privados, donde es posible apostar hasta 40.000 francos al baccará. Las mayores apuestas ganadas fueron las de las siguientes casas de juego: Palm Beach (Cannes), 89 millones; Divonne, 56; Ruhl (Niza), 52; Palazzo del Mediterraneo (Niza), 37; Casino Municipal de Cannes, 31.

Hasta 1976 iba en cabeza el casino de Divonne, que se halla a 13 kilómetros de Ginebra. Pero ahora los italianos y los árabes prefieren la Costa Azul. (No se tienen cifras de los dos casinos de Montecarlo, el principal de los cuales tiene seguramente ingresos superiores a los del Palm Beach.)

Pasemos ahora a la tercera regla del juego: embólsese la mitad de la ganancia y siga jugando con la otra mitad. Naturalmente, no doy a la palabra "embolsar" su significado literal, porque sé que muchos jugadores supersticiosos creen que quien va a caja a cambiar todas o algunas de sus fichas (e incluso quien cuenta las fichas que tiene en el bolsillo) está condenado a ser perseguido por la desgracia. Por tanto, mi consejo se ha de entender en otro sentido. Quien logra acumular durante la velada una cierta suma, debería dejar aparte la mitad, para estar seguro de regresar a casa con una ganancia. Es un empeño que sólo puede ser capaz de respetar un jugador de nervios muy sólidos.

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