El Póker Libro: Los Juegos de Azar

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8) Recurra al blind sólo raramente, a menos que estén jugando cuatro personas. Pero si a la mesa están sentados jugadores cerrados, o sea, de esos que entran en juego sólo si tienen dos ases, trate de imponer una vuelta de blind obligatoria. De tal forma los obligará a jugar, y, tal vez, a perder. Recuerde que el jugador cerrado consigue permanecer fiel a su propia avaricia sólo si gana o pierde poco dinero. Pero si pierde mucho, está presto a jugar todas las veces. Se podría comparar con un equipo de fútbol resuelto a adoptar el cerrojo para conseguir el empate, pero que -una vez encajado el primer gol-, abandona el cerrojo y pasa resueltamente, al ataque (aún a riesgo, como ocurre a menudo, de encajar otros cinco goles).

9) Pase siempre al blind cuando sea usted primera mano. Si tiene sólo una pareja o doble pareja, es peligroso abrir, porque quizá se vea obligado a retirarse en seguida a un "tres veces". Y si tiene punto, le conviene esperar que abra otro jugador, para poder subir. Yo, a menudo, paso incluso de segunda mano con buenas cartas, aun a riesgo de que nadie abra. Pero si nadie abre, ello significa que nadie tiene buenas cartas. Y, por tanto, nadie me pagaría el punto. Así, la situación no era favorable, aun cuando el destino me había mandado tres ases servidos. De primera mano, yo abro sólo si tengo póquer servido (no ocurre a menudo), porque puedo coger una carta y enmascarar el juego. Pero no abro con un full ni con un color, ya que ello me obligaría a declararme servido, traicionando el juego.

10) Recuerde que el póquer es un juego de audacia y de paciencia, o sea, de autodisciplina. Y puede ser también un juego para buenos actores, cuyo papel es a menudo premiado. Y, además, es un juego de confusión, confusión que ha de sembrar usted entre sus adversarios, los cuales no deben jamás estar seguros del juego que lleva usted.

No juegue con adversarios mucho más ricos que usted ni se siente a mesas en las que pudiera perder sumas tales como para comprometer su estabilidad económica. Siempre tendría miedo de perder y, en consecuencia, jugaría mal -sin audacia- y acabaría perdiendo en realidad. Sin embargo, el mucho dinero en el póquer no es una fuerza, sino más bien una debilidad, porque el jugador demasiado rico puede verse impulsado a peligrosos exhibicionismos o intentar emplear su dinero para aterrorizar a los adversarios con muchos faroles. Por otra parte, el jugador rico puede ser peligroso sólo en el póquer jugado sin limites. Pero cuando se juega con el resto, este peligro no es muy grave, porque, aún cuando el jugador rico suba hasta un millón, usted puede ver con el dinero que tiene delante. Y puede perder, si pierde, una puesta cada vez, sin desequilibrar su presupuesto.

Cuando se juega con el resto, siempre es importante saber cuánto dinero tienen ante sí los demás jugadores. Por ejemplo, sería estúpido tirarse un farol contra un jugador que tuviese un pequeño resto y que se sintiera tentado a ver con el dinero que le ha quedado.

11) No juegue con personas a las que no conozca. Circulan por ahí muchos tahúres. Y dos compinches pueden enredarle sin necesidad de recurrir a cartas trucadas. Uno de ellos puede mirar las cartas y señalarlas al compañero. O bien, si uno de ellos tiene punto, lo señala, con un gesto convencional, al compañero, el cual abre el juego para atraer a los demás jugadores y dar al compinche la posibilidad de subir. Etcétera.

Además, hay personas tan habilisimas en dar las cartas, que son capaces, sin que nadie se dé cuenta de ello, de servir cuatro ases al compinche (o servírselos a sí mismo) y cuatro reyes al pollo que pretenden desplumar.

Por otra parte, resulta fácil trucar las cartas por medio de señales casi invisibles, reconocibles al tacto o por medio de gafas especiales. Desconfíe, pues -por si las moscas-, de quien se pone gafas de color durante el juego. Pero existen asimismo gafas claras que permiten ver las señales trazadas con tintas especiales.

Otros tahúres se sirven de cualquier superficie reflectante -hasta un anillo puede servir para tal objeto- para ver las cartas que se distribuyen a los demás jugadores. Y, naturalmente, hay personas que saben tener un as bien escondido en la manga o en otra parte.

Contra los tahúres sólo hay una defensa: no jugar con desconocidos ni con personas recién conocidas (a veces se traicionan por su excesiva cortesía), de un modo especial en los balnearios y en los lugares de veraneo. Pero es casi imposible coger in f raganti a un tahúr o a dos compinches.

Y hemos llegado al final. Amigo jugador, mon semblable, mon frère, ¿qué más puedo decirte? Como has visto, este libro no siempre pretende enseñarte a ganar, excepción hecha del póquer. Y, en realidad, ni siquiera pretendo enseñarte a jugar. Sé que seguirás procediendo de acuerdo con tu iniciativa, sin hacerle caso a nadie. Seguirás tu sistema "infalible" a la ruleta (celebraría que fuera realmente tal, pero no lo creo). Apostarás al número correspondiente a tu edad o a la de tu mujer. Y quizá, para mostrarte cortés, deberás apostar al 25, aun cuando la mujer haya pasado de los treinta años. Darás propinas generosas y peligrosas. Te obstinarás en suspender el juego cada vez que veas a una persona "que trae mala pata", que es gafe. Apostarás sobre los grandes retrasados y sobre los números “calientes”. Creerás que tienes mayores probabilidades de ganar apostando a la serie 5/8 porque creerás que la bola irá a detenerse en aquel determinado sector.

Irás a besar los pies de la estatua de san Francisco en San Remo, o acariciar la rodilla del caballo del Rey Sol en Montecarlo. Creerás que tienes mayores probabilidades de ganar a la boule que al treinta y cuarenta, ofendiendo de una manera ultrajante al cálculo de probabilidades. Jurarás sobre la mano de éste o de aquel croupier. Y, según los caprichos de tu humor, seguirás el prudente duplicado o jugarás sin tino.

¿Acaso crees que te quiero criticar o reprochar? Ni siquiera he pensado en ello. Porque cuando juego -haciendo excepción nuevamente del póquer-, también yo me comporto a menudo como tú. Si jugara sólo para ganar, seguiría mis consejos y las reglas impuestas por la Matemática. Pero yo juego también -sobre todo- para divertirme. Y la Matemática es tan aburrida...

Y ahora, el lector podría preguntarme:
"Cree usted ser un gran jugador?"
Responderé, con sinceridad, que creo haberlo sido. Y en algunos tiempos difíciles, viví sólo de las ganancias del juego. Así, jugando al póquer, entre el 15 de setiembre de 1943 y el 6 de junio de 1944 -cuando llegaron a Roma las tropas aliadas-, yo, que en aquel período estaba sin trabajo, gané 1.253.000 liras. No era poco dinero en aquel tiempo. Puedo indicar la suma exacta porque, desde que tenia dieciocho años, anotaba en un cuaderno lo ganado y lo perdido en el juego. Mejor dicho, en los distintos juegos: brisca, malilla, tres y siete, tresillo en cuatro, ruleta, boule, chemin, treinta y cuarenta, baccará, craps, black jack y lotería. En la lotería gané dos veces: dos ambos de 500 liras. Pero fueron ganancias obtenidas en 1937 y 1938, cuando con 500 liras se podían hacer muchas cosas. Al black jack no he ganado nunca. La mayor ganancia, en una sola velada, la conseguí al póquer en octubre de 1958: tres millones y medio. Por aquellos tiempos tenía un sueldo de 300.000 liras. Y necesité mucho valor para sentarme a una mesa donde las puestas eran a menudo superiores a mi sueldo.

Aún sigo jugando, aunque ya raramente y sin pasión. Me divierte más una partida a la malilla, que una apuesta a la ruleta. He conservado cierta afición por el chemin, pero sé que no puedo experimentar las emociones de otro tiempo. Porque hubo un tiempo en que me atrevía a apostar hasta la última moneda que me quedaba en el bolsillo. Y dos veces -una, en Austria, y otra, en Bélgica- me encontré sin la posibilidad de poder comprarme un panecillo y tuve que regresar a Italia literalmente muerto de hambre. Y ya he dicho que pasé junto a la ruleta algunas horas de mi noche de bodas. En resumidas cuentas, cuando corría el riesgo de romperme el cuello. Y recuerdo, con voluptuosidad, las largas noches de póquer y de chemin, cuando, después de las 3 de la madrugada, reinaba en los casinos y en los círculos privados un silencio y una atmósfera de ceremonia religiosa. Ahora no sabría encontrar el valor de quemar mis ahorros en una sola noche. Ahora "tengo familia".

Sea como fuere, cuando digo que he sido un gran jugador pienso en el póquer y no en los juegos de azar, para los cuales es determinante, en el 99% de los casos, la suerte. Por el contrario, en el póquer son determinantes las cualidades humanas: el conocimiento psicológico de los adversarios, la continua atención, la capacidad de tomar decisiones fulminantes, la audacia y la tenacidad. Y, de un modo particular, la fantasía. He aquí por qué he dejado de ser un gran jugador. Después de tres horas de póquer, empiezo a cansarme, a distraerme e incluso a aburrirme. Y ya no soy capaz de aquellas percepciones (casi telepáticas) que permiten a un buen jugador comprender fulminantemente si el adversario tiene un buen juego en la mano o se está tirando un farol. En el póquer, lo mismo que en el deporte, ¡ay de quien no se mantiene en forma mediante el entrenamiento!

¡Y ay del que pierde interés por la victoria! Es lo que me ha ocurrido a mí con el paso de los años. Ha acabado (¿por desgracia?) el tiempo de los sueños con los ojos abiertos. He comprendido que, a cierta edad, no es importante ganar mucho dinero en el juego o con el trabajo, sino saberlo gastar antes de que sea demasiado tarde. Y también he comprendido que la felicidad consiste en desear las cosas que ya se tienen. O, tal vez, he aprendido a apreciar más otros juegos, cosas todas que se hallan tal vez en contradicción entre sí. Pero, ¿qué clase de jugador sería yo si no viviese de contradicciones?

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