Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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-Que están bien sus riquezas, pero así así su persona.
     JULIA. -¿Qué piensas de Proteo?
     LUCÍA. -¡Jesús, Dios mío! ¡Qué grande es la locura humana!
     JULIA. -¿Qué te pasa? ¿Por qué tanta emoción al pronunciar su nombre?
     LUCÍA. -Perdón, querida señora. Verdaderamente, yo no soy quién para juzgar así a caballeros tan amables.
     JULIA. -Y ¿Por qué no a Proteo igual que a los demás?
     LUCÍA. -Porque le creo el mejor de los buenos.
     JULIA. -¿La razón?...
     LUCÍA. -La de una mujer. Le creo así porque así lo creo.
     JULIA. -¿Y me aconsejarías amarle?
     LUCIA. -Sí, si le consideráis digno de vuestro amor.
     JULIA. -Pero me resulta el más indiferente de todos.
     LUCÍA. -Pues es el que os ama con más sinceridad.
     JULIA. -Quien es tan parco en palabras no amará mucho.
     LUCÍA. -Los fuegos concentrados son los que abrasan.
     JULIA. -Los que no saben manifestar su pasión no aman.
     LUCÍA. -¡Oh! Menos aman los que pregonan por todas partes sus amores.
     JULIA. -Quisiera saber su pensamiento.
     LUCÍA. -Pues leed este papel, señora. (Dándole una carta.)
     JULIA. -«A Julia.» ¿De quién es?
     LUCÍA. -Por el contenido lo sabréis.
     JULIA. -Dime, dime, ¿quién te la dio?
     LUCÍA. -El paje del caballero Valentín, a quien Proteo se la entregó para vos. El paje os la hubiera dado a vos misma, pero encontrándome a mí, la recibí en vuestro nombre. Perdón por la falta, os ruego.
     JULIA. -¡Bonito papel has representado! ¡Vaya! ¿Conque te atreves a encargarte de cartas amorosas y conspirar en secreto contra mí? ¡Pues créeme: es un papel muy digno de ti, y tú lo más a propósito para desempeñarlo! Toma este papel y devuélvelo, inmediatamente o jamás te presentes ante mí!
     LUCÍA. -Abogar por el amor merece mejor recompensa que el odio.
     JULIA. -¿Quieres marcharte?
     LUCÍA. -Sí, os dejaré meditar... (Sale.)
     JULIA. -Y, sin embargo debí haber leído la carta. Pero me avergüenza llamar a Lucía e incurrir en la misma falta por la que acabo de reprenderle. ¡También es tontería suya, sabiendo que soy una joven, no haber insistido hasta obligarme a leer el billete! ¿No sabe que por pudor decimos muchas veces no, aunque estamos deseando que ese no se interprete por un sí? ¡Lástima, lástima! ¡Qué testarudo y caprichoso es el amor! Es como un niño, de teta, que araña a su nodriza y un instante después besa humildemente sus pechos. He despedido de mal humor a Lucía y no estaba deseando sino que se quedase.

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