Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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     PROTEO. -Nada, está resuelto. Mi corazón tiene que consentir. Y sin embargo me repite mil veces, no (Salen.)

Acto segundo
Escena primera
Milán. -Aposento en el palacio del Duque
Entran VALENTÍN y RELÁMPAGO
     RELÁMPAGO. -Señor: vuestro guante (entregándole un guante.)
     VALENTÍN. -No es mío. Tengo puestos los dos.
     RELÁMPAGO. -Perdón; creí que era de vos. Lo hallé casualmente...
VALENTÍN. -¡Ah! ¿A ver? ¡Dámelo! Es mío.¡Adorno encantador, que cubres una mano divina!, ¡Ah, Silvia!¡Silvia!
     RELÁMPAGO. -(Gritando.) ¡Doña, Silvia!¡Doña Silvia!
     VALENTÍN. -¿Qué haces, majadero?
     RELÁMPAGO. -¡No nos oye, señor!
     VALENTÍN. -Pero ¿quién te ha dicho que la llames?
     RELÁMPAGO. -Vuestra señoría, o mucho me equivoco.
     VALENTÍN. -¿Yo? Eres demasiado ligero.
     RELÁMPAGO. -Pues no hace mucho me regañabais por ser demasiado lento.
     VALENTÍN. -Bien, bien. Pero dime: ¿conoces tu a doña Silvia?
     RELÁMPAGO. -¿A la que tanto adoráis?
     VALENTÍN. -¿Cómo sabes que la adoro?
     RELÁMPAGO. -¡Pardiez! Veréis en qué lo he conocido. Primeramente habéis aprendido, como el señor Proteo, a cruzaros de brazos como un melancólico, a modular una canción de amor como un petirrojo, a pasearos solo como si tuvierais la peste, a gemir como un escolar que ha perdido su abecedario, a plañir como una niña que acaba de enterrar a su abuela, a ayunar como un enfermo puesto a dieta, a velar como si temierais que os robaran, y a hablar con voz lastimera como un pobre en la fiesta de Todos los Santos. Antes se desbordaba vuestra risa como canto del gallo, andabais a paso de león, sólo ayunabais después de comer, y únicamente se os veía triste cuando no teníais dinero. Pero ahora os ha cambiado una dama de tal modo que, por más que os miro, apenas reconozco en vos a mi amo.
     VALENTÍN. -¿Todo eso se advierte en mí?
     RELÁMPAGO. -Todo eso se advierte en vos a cien leguas.
     VALENTÍN. -¿Es posible?
     RELÁMPAGO. -Ya lo creo que es posible. Como que esas locuras están dentro de vos de tal manera, que les servís de vaso y a través de vos se las ve brillar como el agua en un orinal. Por eso no hay quien os vea que no conozca vuestra enfermedad tan bien como un médico.
     VALENTÍN. -Vaya, hombre; pero dime: ¿conoces a doña Silvia?
     RELÁMPAGO. -¿A la que miráis tan fijamente cuando está a la mesa?
     VALENTÍN. -¿Lo has notado tú?... Pues sí, de ella, te hablo.
     RELÁMPAGO. -Mi querido señor, ¡no la conozco!

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