Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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     LANZA. -Bueno, te sigo. (Salen.)


Escena IV
Milán. -Aposento en el palacio del duque
Entran VALENTÍN, SILVIA, TURIO y RELÁMPAGO
     SILVIA. -¡Servidor!
     VALENTÍN. -¡Señorita!
     RELÁMPAGO. -(Aparte a VALENTÍN.) Mi amo: el señor Turio os pone malos ojos.
     VALENTÍN. -Lo sé; es por amor.
     RELÁMPAGO. -Pero no a vos.
     VALENTÍN. -Será a mi señora.
     RELÁMPAGO. -Yo que vos le aplastaba las narices.
     SILVIA. -Mi servidor, os veo triste.
     VALENTÍN. -Verdaderamente, señora, lo parezco.
     TURIO. -¿Luego parecéis lo que no sois?
     VALENTÍN. -Tal vez.
     TURIO. -Entonces, ¡disimuláis!
     VALENTÍN. -Como vos.
     TURIO. -¿Parezco yo algo que no sea?
     VALENTÍN. -Cuerdo.
     TURIO. -¿Qué soy, pues, que no parezca?
     VALENTÍN. -Loco.
     TURIO. -¿En qué fundáis mi locura?
     VALENTÍN. -En vuestra manera de vestir.
     TURIO. -Llevo doble capa.
     VALENTÍN. -Razón de más para que haya en vos doble locura.
     TURIO. -(Incomodado.) -¡Cómo!
     SILVIA. -¿Qué es eso? ¡Os incomodáis, señor Turio! Cambias de color.
     VALENTÍN. -Le está permitido, señora. Es una especie de camaleón.
     TURIO. -Con más valor para beber vuestra sangre que para vivir de vuestro aire!
     VALENTÍN. -¿Habéis dicho, caballero?
     TURIO. -Y terminado por ahora.
     VALENTÍN. -Lo presumía, caballero; siempre acabáis antes de haber empezado.
     SILVIA. -¡Señores: vaya una brillante salva de palabras y un fuego graneado!
     VALENTÍN. -Es verdad, señora, y lo agradecemos.
     SILVIA. -¿A quién, mi servidor?
     VALENTÍN. -A vos, dulce señora, pues vos habéis mandado el fuego. El señor Turio toma su ingenio de las miradas de vuestra señoría y gasta generosamente en vuestra presencia lo que os tomó prestado.
     TURIO. -Señor, si con vuestras palabras prestadas pretendéis desafiarme, me parece que va a dar quiebra vuestro ingenio.
     VALENTÍN. -Lo sé, caballero; tenéis banca de palabras y creo que es todo lo que podéis dar a vuestros criados. El lamentable estado de su librea indica que sólo con palabras les pagáis.
     SILVIA. -Basta, señores, basta. Aquí llega mi padre. (Entra el DUQUE.)
     DUQUE. -Vaya, os asedian de cerca, querida Silvia. Señor Valentín, vuestro padre sigue sin novedad. ¿Qué pensaríais si os dijera que he recibido una carta de vuestros amigos llena de excelentes noticias?
     VALENTÍN. -Señor, toda la que de ellos venga será acogida por mí con reconocimiento.
     DUQUE. -¿Conocéis a vuestro compatriota don Antonio?
     VALENTÍN. -Sí, mi señor, y le tengo por persona excelente, de justificada reputación.
     DUQUE. -¿No tiene un hijo?
     VALENTÍN. -Sí, mi señor, y que merece ciertamente el honor de tener tal padre,
     DUQUE. -¿Le conocéis?

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