Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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     PROTEO. -Excepto mi adorada.
     VALENTÍN. -Querido, no exceptúes a nadie, y si a alguien exceptúas, exceptúa mi amor.
     PROTEO. -¿No tengo razón para preferir a la que amo?
     VALENTÍN. -Y yo la exaltaré, además, a tus propios ojos. Se ensalzaría con este alto honor...., con levantar la cola del vestido de mi soberana, por temor de que la indigna tierra se atreviese a besar sus ropas, y enorgullecida por tal favor desdeñase procurar sus nutritivas sustancias a las flores del verano e hiciera de este modo eterno el invierno.
     PROTEO. -Querido Valentín, ¿qué tonterías son ésas?
     VALENTÍN. -Perdóname, Proteo. Cuanto pudiera decir es nada comparado con aquella cuyo mérito ofusca todos los demás. Es sola.
     PROTEO. -Entonces déjala sola.
     VALENTÍN. -¡Ni por el mundo entero! ¡Qué! Es mía únicamente, hombre. Y la posesión de esa joya me hace más rico que si poseyera veinte océanos cuyos granos de arena fuesen todos perlas, el agua néctar y las rocas oro purísimo. Dispensa que, absorto en mi amor, no me ocupe de ti. Ha salido acompañada de mi estúpido rival, de quien tan sólo hace caso su padre por sus muchas riquezas, y me es preciso ir a su encuentro, pues ya sabes que el amor es por demás celoso.
     PROTEO. -¿Pero ella te ama?
     VALENTÍN. -Sí, y estamos de acuerdo; porque además hemos convenido el momento de nuestro enlace y el medio hábil de efectuar nuestra fuga. He de escalar su ventana con una escala de cuerda, y todo está preparado y pronto para nuestra felicidad. Querido Proteo, ven conmigo a mi cuarto para ayudarme con tus consejos en este asunto.
     PROTEO. -Anda tú delante; luego iré yo. Tengo que llegarme al puerto a desembarcar algunas cosas que necesito. Y entonces me tendrás a tu disposición.
     VALENTÍN. -¿Te darás prisa?
     PROTEO. -Sí. (Sale VALENTÍN.) ¡Con qué facilidad un ardor apaga otro ardor! Así como un clavo saca otro clavo, así también un nuevo amor me ha hecho perder la ilusión de mi amor primero. ¿A quién debo acusar de la turbación que sufre mi mente? ¿A mis ojos, a los elogios de Valentín, a las perfecciones de esa nueva hermosura o a mi inconstancia? Verdaderamente, Silvia es bella; pero ¿acaso no lo es también Julia, a quien amo? Es decir, a quien amaba; porque ahora mi amor, semejante a una figura de cera que se aproxima a las llamas, se ha derretido como hielo, sin conservar señal alguna de lo que era.

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