Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Voy ahora a poner en conocimiento de su padre sus ocultos designios y proyectada fuga. Éste, encolerizado, desterrará a Valentín, pues quiere casar a su hija con Turio. Y alejado Valentín, medios suficientes tendré a mi alcance para desbaratar los estúpidos planes de Turio. ¡Amor, préstame alas para desarrollar mi proyecto, como me has prestado inteligencia para concebirlo! (Sale.)


Escena VII
Verona. -Aposento en casa de Julia
Entran JULIA y LUCIA
     JULIA. -¡Aconséjame, Lucía; ayúdame, amable muchacha! Y puesto que eres el libro de memorias en que se hallan impresos con caracteres imborrables mis pensamientos, te suplico, por la buena amistad que me dispensas, que me aconsejes; que me digas un medio compatible con mi honor, mediante el cual pueda emprender un viaje para reunirme con mi amado Proteo.
     LUCIA. -¡Ay! El camino es largo y pesado.
     JULIA. -Un devoto peregrino, animado de una verdadera decisión, puede recorrer sin fatigarse reinos enteros con sus débiles pasos; mayormente yo, que para huir dispongo de las alas de Amor, y más cuando se trata de reunirme con un ser de una perfección tan divina como Proteo.
     LUCÍA. -Mejor será que esperéis a que Proteo retorne.
     JULIA. -¡Oh! ¿Ignoras que sus miradas constituyen el alimento de mi alma?¡Ten piedad del hambre que he sufrido tanto tiempo! Si conocieras todo el sentimiento íntimo del amor, pensarías tanto en encender fuego con nieve como en apagar el fuego de amor con palabras.
     LUCÍA. -No es mi intención extinguir el ardiente fuego de vuestro cariño, sino moderar su calor, para que no abrase más allá de lo razonable.
     JULIA. -¡Cuantos más obstáculos le busques, tanto más se avivará su llama! Si al manso riachuelo que se desliza con suave murmullo pretendes detenerle, protestará empujando sus ondas con impaciente estruendo. Pero si libremente le dejas seguir su curso acariciará con melodioso susurro el esmalte de sus granos de arena, besando con amor cuantos arbustos halle en su peregrinación, y después de haber jugueteado dulcemente en mil revueltas, irá a precipitarse en el embravecido mar. Por tanto, déjame partir y no intentes detener mi curso. Seré tan sufrida como la apacible corriente, la más dura marcha será para mí un juego hasta que los últimos pasos me conduzcan ante mi amado. Ya allí, olvidando todas mis penalidades, descansaré como un alma bendita en el Elíseo.
     LUCÍA. -¿Y en qué traje os proponéis viajar?
     JULIA. -No en el de mujer, pues quiero guardarme de inoportunos encuentros con libertinos.

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