Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

Página 22 de 44


     DUQUE. -Si es así, nada impide que permanezcas un instante conmigo. Tengo que hablarte de unos asuntos que me tocan de cerca, cuyo secreto quisiera confiarte. No ignoras que me he propuesto dar la mano de mi hija a mi amigo Turio.
     VALENTÍN. -Lo sé, señor; es un partido a la vez rico y honroso. Turio es un hidalgo en quien se juntan la generosidad, el mérito y cuantas cualidades debe reunir el esposo de vuestra encantadora hija. ¿No sabría Vuestra Alteza procurar que ella le correspondiese?
     DUQUE. -No, créeme; es malhumorada, caprichosa, arisca, altanera, desobediente, porfiada, incumplidora de su deber, que olvida que es hija mía y no tiene por mí el respeto que a su padre se debe. Después de pensarlo con detención, te aseguro que el orgullo de mi hija ha acabado por enajenarle todo mi afecto. y cuando soñaba con hallar en los cuidados de su filial solicitud el consuelo de mi vejez, he decidido casarme y alejarla de mi presencia, abandonándola a quien quiera tomarla. Por tanto, que sea su belleza su dote y que nada espere de mí.
     VALENTÍN. -¿En qué puedo ser útil a Vuestra Gracia?
     DUQUE. -Es el caso que hay aquí en Milán una dama por quien me intereso, pero tan reservada y descontentadiza, que apenas hace caso de mis viejos requiebros. Yo quisiera que tú me instruyeras, pues ya he perdido la costumbre de cortejar y los estilos modernos son otros, a ver por qué medios pudiera yo merecer ante la luz deslumbradora de sus ojos.
     VALENTÍN. -Atraedla con regalos, si en ella no hacen efecto las palabras. Mudas alhajas, con su elocuente silencio, dicen a veces más en el alma de la mujer que todos los discursos.
     DUQUE. -Pero ha rechazado con desdén un presente que le remití.
     VALENTÍN. -La mujer acostumbra rechazar aquello que más desea. Mandadle otro y no desesperéis de vencer, pues los primeros desdenes sólo hacen más vivo el amor que les sigue. Si se os muestra seria, no significa que os rechace: es únicamente para aumentar vuestro amor. Si os habla despectivamente, tampoco es para librarse de vuestra presencia, pues nada aborrecen tanto las mujeres como la soledad, que es lo que las vuelve locas. Así, no toméis sus palabras en sentido literal. Pues salid en sus labios no quiere decir marchaos. Adulad, alabad, rogad, exaltad sus encantos y, aunque fuera negra, decid que es rubia como un ángel.

Página 22 de 44
 

Paginas:


Compartir:




Diccionario: