Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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     TURIO. -Conforme devanéis en torno de Valentín el hilo de su amor, para que no se enrede, haced de manera de devanarle en torno mío. Para lo cual será necesario decir de mí tanto bien como mal de Valentín.
     DUQUE. -Conque, Proteo, en cuerpo y alma nos entregamos a ti en este asunto. Sabemos por Valentín que eres fiel oficiante de Amor y que no rompes tus cadenas ni cambias de cariño. Bajo esta seguridad te concederé acceso cerca de Silvia; allí podrás hablarle a tus anchas, porque está triste, sombría y taciturna, y en consideración a tu amigo se alegrará de verte. Entonces te será fácil persuadirla que odie al joven Valentín y ame a mi amigo.
     PROTEO. -Todo lo pondré en práctica, pero vos, señor Turio, no empleáis mucha fuerza en vuestros ataques. Y debéis tender redes donde puedan aprisionarse sus deseos. Dirigidla apasionados sonetos, cuyas rimas rebosen protestas de vuestra adhesión.
     DUQUE. -Sí, la divina poesía ejerce un grande influjo en asuntos de amor.
     PROTEO. -Decidla que en el altar de su belleza sacrificáis vuestras lágrimas, vuestros suspiros y vuestro corazón. Escribid hasta que se seque la tinta de vuestro tintero y humedecedle con vuestro llanto para decírselo más tarde en versos conmovedores. Fibras de poetas formaban las cuerdas de la lira de Orfeo. A sus potentes acordes se conmovían las piedras y el acero. Olvidaban los tigres su ferocidad, y abandonando los monstruos del mar sus insondables abismos, salían a deleitarse en la playa. Luego que le hayáis enviado vuestras dolientes elegías, haced que se escuche bajo las ventanas del aposento de vuestra adorada algún dulce concierto. A las voces de los instrumentos unid las palabras de un cántico melancólico. El silencio recogido de la noche dará realce a vuestras melodiosas querellas. Nada hay como este medio para atraeros su ternura.
     DUQUE. -Esas lecciones prueban haber estado enamorado.
     TURIO. -Y esta misma noche pondré en práctica tu consejo. Puesto que me abandono a tu discreción ten a bien, querido Proteo, acompañarme por la ciudad con objeto de elegir algunos caballeros que sean buenos músicos. Para seguir al pie de la letra tus lecciones tengo justamente un soneto que hará al caso.
     DUQUE. -¡Pues en marcha, caballeros!
     PROTEO. -Acompañaremos a Vuestra Gracia hasta después de cenar, y luego nos pondremos de acuerdo sobre el asunto.
     DUQUE. -¡Daos prisa! Yo disimularé vuestra ausencia. (Salen.)

Acto cuarto

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