Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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(A LANZA.) ¿Tú por aquí, sinvergüenza? ¿Qué ha sido de ti en estos dos días?
     LANZA. -Señor, cumpliendo vuestro mandato, he ido a regalar el perro a doña. Silvia.
     PROTEO. -Y ¿qué te ha dicho?
     LANZA. -¡Oh! Me ha dicho que vuestro perro es un chucho asqueroso y que semejante regalo no valía ni las gracias.
     PROTEO. -Pero ¿ha aceptado el perrito?
     LANZA. -De ninguna manera, y aquí lo vuelvo.
     PROTEO. -¡Cómo! ¿Es ése el perro que le has ofrecido de mi parte?
     LANZA. -Sí, señor. El otro gozquecillo me lo quitaron en la plaza del mercado y lo sustituí por éste, pensando, y con razón, que siendo diez veces mayor que el vuestro, la importancia del regalo aumentaría otro tanto.
     PROTEO. -¡Vete y trae mi perro inmediatamente, o no vuelvas a mi presencia! ¡Fuera, digo! ¿Quieres burlarte de mí, idiota, que me avergüenzas a diario? (Sale LANZA.) Sebastián, te he tomado a mi servicio, en parte, porque me hace falta un joven como tú que pueda desempeñar mis encargos con inteligencia, pues no hay que contar con un zopenco como ése, pero principalmente porque me gusta tu presencia y porte. O mucho me engaño, o eres de familia distinguida. Por eso te he admitido a mi servicio. Toma esta sortija y entrégala de mi parte a la señorita Silvia. Mucho me amaba quien me la dio.
     JULIA. -Parece que no la amáis ya, cuando os desprendéis de esa prenda de ternura. ¿Murió acaso?
     PROTEO. -No, aún vive, creo.
     JULIA. -¡Ay!
     PROTEO. -¿A qué viene ese «¡ay!»?
     JULIA. -Nada. Es que la compadezco.
     PROTEO. -¿Por qué la compadeces?
     JULIA. -Porque creo que os amaba tanto como amáis a vuestra amada Silvia, y sueña en aquel que ha olvidado su amor, mientras que vos adoráis a quien es indiferente al vuestro. ¿No va a mover a lástima un amor tan mal correspondido? Cuando pienso en estas cosas, no puedo menos de exhalar un «¡ay!».
     PROTEO. -¡Bah! ¡Bah! No te preocupes. Dale esa sortija y esta carta. Desde aquí ves su aposento. Adviértele a mi dama que reclamo el retrato que me ha prometido. Cumplida tu misión, te espero en casa, en mi cuarto, donde me hallarás triste y abatido. (Sale PROTEO.)
     JULIA. -¿Aceptarían muchas mujeres semejante comisión? ¡Ay, pobre Proteo! Has elegido un lobo para guardar tus corderos. ¡Ay, qué desgraciada soy! ¿Por qué le compadezco si él me desprecia con todo su corazón? Pero no; puesto que le amo, debo compadecerle.

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