Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Esta misma sortija fue la que le di cuando se alejó de mi lado, para que recordase mi ternura. Y ahora voy a pedir lo que no quisiera alcanzar; y voy a ofrecer lo que quisiera que me rechazaran. Como a amo mío que es, le quiero con amor leal y sincero, pero lealmente no puedo servirle sino, vendiéndome a mí propia. No importa; hablaré por él, aunque con frialdad. El cielo sabe cuánto deseo que fracasen sus esperanzas. (Entra SILVIA, acompañada de una doncella.) Buenos días, gentil señorita. ¿Tendrías la bondad de indicarme dónde puedo hablar con doña Silvia?
     SILVIA. -Si fuera yo, ¿qué tendríais que decirme?
     JULIA. -Si sois vos, oíd el mensaje que os traigo.
     SILVIA. -¿De parte de quién?
     JULIA. -De mi amo, el caballero Proteo, señorita.
     SILVIA. -¡Qué! ¿Os envía por mi retrato?
     JULIA. -Sí, señora.
     SILVIA. -(A la doncella.) Úrsula, ve a buscar mi retrato. (Traen un retrato.) Entregad esto a vuestro amo, y decidle de mi parte que cierta Julia, a quien olvida veleidosamente, estaría aquí más apropiada.
     JULIA. - (Entregándole una carta.) Señora, tened a bien leer esta carta... Perdón... Distraídamente he entregado un papel por otro. Éste es el billete destinado a vuestra señoría. (Dándole otro papel.)
     SILVIA. -Permitidme, por favor, pasar de nuevo la vista por éste.
     JULIA. -Perdón. No puedo, señorita.
     SILVIA. -(Dándole el primer papel.) Tomad. ¿A qué me voy a molestar en pasar siquiera los ojos por lo que vuestro amo me escribe? Rebosará protestas de amor y contendrá nuevos juramentos, que violará con la facilidad con que rasgo este papel. (Rasgando la carta.)
     JULIA. -Además, señorita, me ha entregado esta sortija para vos.
     SILVIA. -Y ¿no se avergüenza de mandármela? Mil veces le oí decir que se la había dado su Julia al partir. Aunque su dedo impostor haya profanado esa sortija, no hará el mío ese ultraje a Julia.
     JULIA. -Ella os lo agradece.
     SILVIA. -¿Qué dices?
     JULIA. -Que os agradezco, señora, la deferencia que por ella mostráis... ¡Pobre señorita! ¡Mi amo se porta injustamente!
     SILVIA. -¿La conoces?
     JULIA. -Como a mí mismo. He llorado mucho pensando en sus pesares.
     SILVIA. -Creerá, indudablemente, que Proteo la ha abandonado.
     JULIA. -En efecto, y ésa es la causa de su aflicción.
     SILVIA. -¿Y es hermosa?
     JULIA. -Más lo ha sido de lo que ahora es. Cuando creía que mi amo la amaba era, a mi parecer, tan bella como vos.

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