Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Pero desde que descuida su tocador y se ha despojado del velo que resguardaba del sol su rostro, el aire ha marchitado las rosas de sus mejillas y oscurecido el lirio de su cara; de modo que, actualmente, es tan morena como yo.
     SILVIA. -¿Qué estatura tiene?
     JULIA. -Poco más o menos, la mía, porque en la pasada Pascua de Pentecostés, cuando en nuestros ratos de ocio nos dedicábamos a representar obras teatrales, varios jóvenes me vistieron de mujer e hicieron que me pusiera un vestido de la señorita Julia. A todos les pareció que me sentaba aquel vestido como cortado a mi medida; por eso sé que es poco más o menos de mi estatura. Y recuerdo que aquel día la hice llorar mucho, porque desempeñaba yo un papel conmovedor. Era, señora, el de Ariadna, lamentando la infidelidad de Teseo y su fuga desleal. Con tal verdad representaba aquel papel que, conmovida al ver mi llanto, mi pobre señora se deshizo en lágrimas; y muera yo si con mi pensamiento no sentí su dolor como ella misma.
     SILVIA. -Ella te lo agradecerá, bondadoso joven... ¡Pobre mujer, solitaria y abandonada! Yo misma lloro por lo que acabas de relatar... Toma, joven, ahí tienes mi bolsa. Te la entrego por el amor de tu dulce señorita, porque la quieres mucho. Adiós. (Sale SILVIA, acompañada.)
     JULIA. -Y ella te dará las gracias si alguna vez la conoces. ¡Dama virtuosa, amable y bella! Quien tanto interés muestra por el amor de mi señora, acogerá con frialdad los deseos de mi amo. ¡Ay! ¡Cómo es posible que el amor se burle de sí propio! He aquí su retrato: mirémosle. Con estos atavíos mi rostro sería tan encantador como el suyo. Y sin embargo parece que el pintor la ha favorecido un poco. Sus cabellos son castaños; los míos, de un rubio perfecto. Si tan sólo esa diferencia cautiva el amor de Proteo, me procuraré una peluca del mismo color. Azules como el vidrio son sus ojos; los míos, también, sí, pero su frente es reducida, y la mía despejada. ¿Qué adora, pues, en ella que no pudiera yo hacerle adorar en mí, si Amor no fuese un dios ciego?... Vamos, Julia, sombra de ti misma, llévate esa sombra, porque es tu rival. ¡Oh, miniatura insensible! Serás divinizada, besada, querida, adorada. Porque, si hubiese alguna razón en esta idolatría, a mi persona se dirigirían tales tributos.

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