Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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     DUQUE. -Concedida, cualquiera que sea, en consideración a ti.
     VALENTÍN. -(Presentando a los BANDIDOS.) Estos desterrados, con quienes he vivido, son hombres de apreciables cualidades. Perdonadles aquí lo que han hecho y levantadles el destierro. Están corregidos, civilizados, llenos de buenos sentimientos, y el Estado podrá emplearlos útilmente, digno señor.
     DUQUE. -Accedo a cuanto digas. Les perdono como a ti. Dispón de ellos, tú que conoces los méritos de cada cual. Ahora marchemos; vamos a celebrar nuestras avenencias con fiestas, regocijos y espléndidas solemnidades.
     VALENTÍN. -Y mientras vamos andando, me tomaré la libertad de hablar con Vuestra Alteza y hacerle sonreír. ¿Qué me decís de ese paje, señor?
     DUQUE. -Es un joven que no carece de gracia... ¡Se ruboriza!
     VALENTÍN. -Os garantizo, señor, que tiene más gracia de la que le es dado tener a un joven.
     DUQUE. -¿Qué quieres significar?
     VALENTÍN. -Si gustáis, os lo contaré andando, y os maravillaréis de lo que ha sucedido... Ven, Proteo; tu único castigo consistirá en escuchar el relato del descubrimiento de tus amores. Hecho lo cual, un mismo día será tu casamiento y el mío. Y no tendremos más que una fiesta, una casa, una mutua felicidad. (Salen.)
FIN

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