Macbeth (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Se acerca la hora
en que se podrá distinguir de cierto
lo que nuestro llamamos y lo que es nuestro.
Nutren esperanzas las suposiciones,
mas la certidumbre la darán los golpes.
¡Hacia ella avance la guerra!

Salen en marcha.

V.v Entran MACBETH, SEYTON y soldados, con tambores y bandera.

MACBETH
¡Izad los estandartes sobre las murallas!
Siguen gritando: «¡Ya vienen! » La robustez
del castillo se reirá del asedio. Ahí queden
hasta que se los coma la peste y el hambre.
De no estar reforzados por los nuestros,
los habríamos combatido cara a cara
hasta echarlos a su tierra.

Gritos de mujeres, dentro.

¿Qué ruido es ese?
SEYTON
Gritos de mujeres, mi señor.

[Sale.]

MACBETH
Ya casi he olvidado el sabor del miedo.
Hubo un tiempo en que el sentido se me helaba
al oír un chillido en la noche, y mi melena
se erizaba ante un cuento aterrador
cual si en ella hubiera vida. Me he saciado de espantos,
y el horror, compañero de mi mente homicida, no me asusta.

[Entra SEYTON.]

¿Por qué esos gritos?
SEYTON
Mi señor, la reina ha muerto.
MACBETH
Había de morir tarde o temprano;
alguna vez vendría tal noticia.
Mañana, y mañana, y mañana
se arrastra con paso mezquino día tras día
hasta la sílaba final del tiempo escrito,
y la luz de todo nuestro ayer guió a los bobos
hacia el polvo de la muerte. ¡Apágate, breve llama!
La vida es una sombra que camina, un pobre actor
que en escena se arrebata y contonea
y nunca más se le oye. Es un cuento
que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia,
que no significa nada.

Entra un MENSAJERO.

Tú vienes a usar la lengua. ¡Venga la noticia!
MENSAJERO
Augusto señor,
debo informar de lo que he visto,
aunque no sé cómo hacerlo.
MACBETH
Pues dilo ya.

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