Ricardo II (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Mucho he velado a la dormida Inglaterra;
velar nos vuelve flacos y menguantes.
El placer que a algunos padres da sustento,
es decir ver a los hijos, es mi ayuno,
y en este ayuno me has dejado sin aguante.
El flaco Gante, ya menguante, irá a la tumba,
cuyo vientre no tendrá más que mis huesos.
RICARDO
¿Juguetean los enfermos con su nombre?
GANTE
No: es la desgracia que se ríe de sí misma.
Ya que aspiras a matar mi nombre en mí,
riéndome de él, gran rey, te adulo a ti.
RICARDO
¿Adula un moribundo a los que viven?
GANTE
No, no: los vivos adulan al que muere.
RICARDO
Mas tú dices que me adulas, ya muriendo.
GANTE
Ah, no: mueres tú, aunque yo sea el enfermo.
RICARDO
Estoy muy sano, respiro y te veo mal.
GANTE
Quien me creó sabe que yo te veo mal
y que, viendo mal, puedo ver tu mal.
Tu lecho de muerte no es más que tu reino,
en el que yace enfermo tu prestigio,
y tú, paciente tan despreocupado,
confías la cura de tu ungido cuerpo
a los médicos que empezaron por herirte.
En tu corona hay mil aduladores,
cuando su cerco no es mayor que tu cabeza,
pero, encerrado en tan estrechos límites,
el destrozo no es menor que tu país.
Si tu abuelo hubiera presagiado
que el hijo de su hijo acabaría con sus hijos,
te habría apartado esta vergüenza
deponiéndote antes que te dieran posesión,
pues ya te ha poseído para deponerte.
Sobrino, aunque rigieses todo el mundo,
arrendar esta tierra ya sería una deshonra,
y si esta tierra es todo el mundo que tú riges,
¿no es más que deshonra deshonrarla de este modo?
Eres el propietario de Inglaterra, no su rey,
tu privilegio legal a la ley te somete
y tú...
RICARDO
... un necio y torpe lunático,
aprovechando el privilegio del enfermo,
te atreves con tu fría amonestación

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