Ricardo II (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Dios salve al rey, dice un desreinado,
y le dé claros días y muchos años.
¿Qué más me queda?
NORTHUMBERLAND
Nada más que dar lectura
a estos cargos y delitos capitales
cometidos por vos y vuestro séquito
contra el reino y el bien de este país,
para que, confesándolos, se estime
que habéis sido depuesto justamente.
RICARDO
¿He de hacerlo? ¿Debo ahora destejer
la tela de mis locuras? Noble Northumberland,
si tus culpas constasen por escrito,
¿no te infamarías leyendo la lista
ante tan noble asamblea? Si lo hicieses,
hallarías un artículo execrable,
referente a la deposición de un rey
y la ruptura de un férreo juramento,
marcado y condenado en el libro de Dios.
Sí, y todos los que ahora así miráis
cómo me atormenta la miseria,
por más que cual Pilatos las manos os lavéis
mostrando compasión, como Pilatos
aquí me entregáis a mi amarga cruz,
y el agua no puede lavar vuestro pecado.
NORTHUMBERLAND
Daos prisa, señor. Leed estos artículos.
RICARDO
Tengo los ojos llorosos; no veo.
Con todo, mis lágrimas no los ciegan tanto
que no vean a un hatajo de traidores.
Sí, y volviendo los ojos hacia mí
me veo como un traidor igual que todos,
pues mi alma ha dado asentimiento
al despojo del augusto cuerpo de un monarca,
haciendo vil la gloria, esclava la soberanía,
vasalla la majestad, plebeya la grandeza.
NORTHUMBERLAND
Mi señor...
RICARDO
No soy tu señor, altivo insolente,
ni señor de nadie. No tengo título ni nombre,
no, ni el nombre que me fue dado en el bautismo,
pues está usurpado. ¡Ah, que infortunio
haber pasado por tantos inviernos
y no saber qué nombre puedo darme!
¡Ojalá yo fuera un rey hecho de nieve
colocado ante el sol de Bolingbroke
para derretirse gota a gota!
Buen rey, gran rey, aunque no grandemente bueno,
si mi voz tiene aún curso legal en Inglaterra,
haz que traigan un espejo de inmediato
porque vea el rostro que ahora tengo

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