Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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curarse; y, cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos,
que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas
alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo,
como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión
semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros
andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como
a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí
adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán
bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.

Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda
puntualidad; y así, se dio luego orden como velase las armas en un corral
grande que a un lado de la venta estaba; y, recogiéndolas don Quijote
todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y, embrazando su
adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear
delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche.

Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su
huésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba.
Admiráronse de tan estraño género de locura y fuéronselo a mirar desde
lejos, y vieron que, con sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras,
arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen
espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la
luna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el
novel caballero hacía era bien visto de todos. Antojósele en esto a uno de
los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue
menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el
cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:

-¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las
armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada!, mira lo que haces
y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.

No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque
fuera curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó gran
trecho de sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo, y,
puesto el pensamiento -a lo que pareció- en su señora Dulcinea, dijo:

-Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro
avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance

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