Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así,
con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la
lanza, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo
esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales
los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír,
levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo:

-Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el
mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par
Dulcinea del Toboso.

Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraña figura
del que las decía; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver
la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella
confesión que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy
mucho discreto, le dijo:

-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que
decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis,
de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte
vuestra nos es pedida.

-Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en
confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo
habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo
sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno,
como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y
mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en
la razón que de mi parte tengo.

-Señor caballero -replicó el mercader-, suplico a vuestra merced, en nombre
de todos estos príncipes que aquí estamos, que, porque no encarguemos
nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída,
y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y
Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de
esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se
sacará el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra
merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte
que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro
le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra
merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

-No le mana, canalla infame -respondió don Quijote, encendido en cólera-;
no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no

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