Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque,
en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez,
cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó
cautivo a su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió a
preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y
razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del
mesmo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de
Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el
labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por
donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al
pueblo, por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga
arenga. Al cabo de lo cual, dijo:

-Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa
que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho,
hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni
verán en el mundo.

A esto respondió el labrador:

-Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de
Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra
merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor
Quijana.

-Yo sé quién soy -respondió don Quijote-; y sé que puedo ser no sólo los
que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve
de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por
sí hicieron, se aventajarán las mías.

En estas pláticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que
anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no
viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le
pareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló
toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran
grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:

-¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez -que así se
llamaba el cura-, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen
él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. ¡Desventurada de
mí!, que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir,
que estos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de
ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir

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