Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Las lágrimas de Angélica.

-Lloráralas yo -dijo el cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera
mandado quemar; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no
sólo de España, y fue felicísimo en la tradución de algunas fábulas de
Ovidio.





Capítulo VII. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de
la Mancha


Estando en esto, comenzó a dar voces don Quijote, diciendo:

-Aquí, aquí, valerosos caballeros; aquí es menester mostrar la fuerza de
vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan lo mejor del torneo.

Por acudir a este ruido y estruendo, no se pasó adelante con el escrutinio
de los demás libros que quedaban; y así, se cree que fueron al fuego, sin
ser vistos ni oídos, La Carolea y León de España, con Los Hechos del
Emperador, compuestos por don Luis de Ávila, que, sin duda, debían de estar
entre los que quedaban; y quizá, si el cura los viera, no pasaran por tan
rigurosa sentencia.

Cuando llegaron a don Quijote, ya él estaba levantado de la cama, y
proseguía en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a
todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido.
Abrazáronse con él, y por fuerza le volvieron al lecho; y, después que hubo
sosegado un poco, volviéndose a hablar con el cura, le dijo:

-Por cierto, señor arzobispo Turpín, que es gran mengua de los que nos
llamamos doce Pares dejar, tan sin más ni más, llevar la vitoria deste
torneo a los caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros
ganado el prez en los tres días antecedentes.

-Calle vuestra merced, señor compadre -dijo el cura-, que Dios será servido
que la suerte se mude, y que lo que hoy se pierde se gane mañana; y atienda
vuestra merced a su salud por agora, que me parece que debe de estar
demasiadamente cansado, si ya no es que está malferido.

-Ferido no -dijo don Quijote-, pero molido y quebrantado, no hay duda en
ello; porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el
tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el
opuesto de sus valentías. Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si,
en levantándome deste lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus
encantamentos; y, por agora, tráiganme de yantar, que sé que es lo que más
me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo.

Hiciéronlo ansí: diéronle de comer, y quedóse otra vez dormido, y ellos,
admirados de su locura.

Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en

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