Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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toda la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos
archivos; mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador; y así,
se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por
pecadores.

Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron, por entonces, para el
mal de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros,
porque cuando se levantase no los hallase -quizá quitando la causa, cesaría
el efeto-, y que dijesen que un encantador se los había llevado, y el
aposento y todo; y así fue hecho con mucha presteza. De allí a dos días se
levantó don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a
ver sus libros; y, como no hallaba el aposento donde le había dejado,
andaba de una en otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la
puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo,
sin decir palabra; pero, al cabo de una buena pieza, preguntó a su ama que
hacia qué parte estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya estaba
bien advertida de lo que había de responder, le dijo:

-¿Qué aposento, o qué nada, busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni
libros en esta casa, porque todo se lo llevó el mesmo diablo.

-No era diablo -replicó la sobrina-, sino un encantador que vino sobre una
nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y,
apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento, y no
sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el
tejado, y dejó la casa llena de humo; y, cuando acordamos a mirar lo que
dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno; sólo se nos acuerda muy
bien a mí y al ama que, al tiempo del partirse aquel mal viejo, dijo en
altas voces que, por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos
libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella casa que después se
vería. Dijo también que se llamaba el sabio Muñatón.

-Frestón diría -dijo don Quijote.

-No sé -respondió el ama- si se llamaba Frestón o Fritón; sólo sé que acabó
en tón su nombre.

-Así es -dijo don Quijote-; que ése es un sabio encantador, grande enemigo
mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de
venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a
quien él favorece, y le tengo de vencer, sin que él lo pueda estorbar, y
por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que

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