Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado.

-¿Quién duda de eso? -dijo la sobrina-. Pero, ¿quién le mete a vuestra
merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en
su casa y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar
que muchos van por lana y vuelven tresquilados?

-¡Oh sobrina mía -respondió don Quijote-, y cuán mal que estás en la
cuenta! Primero que a mí me tresquilen, tendré peladas y quitadas las
barbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello.

No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía la
cólera.

Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar
muestras de querer segundar sus primeros devaneos, en los cuales días pasó
graciosísimos cuentos con sus dos compadres el cura y el barbero, sobre que
él decía que la cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros
andantes y de que en él se resucitase la caballería andantesca. El cura
algunas veces le contradecía y otras concedía, porque si no guardaba este
artificio, no había poder averiguarse con él.

En este tiempo, solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de
bien -si es que este título se puede dar al que es pobre-, pero de muy poca
sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y
prometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de
escudero. Decíale, entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ir
con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase,
en quítame allá esas pajas, alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador
della. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba
el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino.

Dio luego don Quijote orden en buscar dineros; y, vendiendo una cosa y
empeñando otra, y malbaratándolas todas, llegó una razonable cantidad.
Acomodóse asimesmo de una rodela, que pidió prestada a un su amigo, y,
pertrechando su rota celada lo mejor que pudo, avisó a su escudero Sancho
del día y la hora que pensaba ponerse en camino, para que él se acomodase
de lo que viese que más le era menester. Sobre todo le encargó que llevase
alforjas; e dijo que sí llevaría, y que ansimesmo pensaba llevar un asno
que tenía muy bueno, porque él no estaba duecho a andar mucho a pie. En lo
del asno reparó un poco don Quijote, imaginando si se le acordaba si algún

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