Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán
ser creídas.

-A la mano de Dios -dijo Sancho-; yo lo creo todo así como vuestra merced
lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe
de ser del molimiento de la caída.

-Así es la verdad -respondió don Quijote-; y si no me quejo del dolor, es
porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna,
aunque se le salgan las tripas por ella.

-Si eso es así, no tengo yo qué replicar -respondió Sancho-, pero sabe Dios
si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le
doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que
tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros
andantes eso del no quejarse.

No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así, le
declaró que podía muy bien quejarse, como y cuando quisiese, sin gana o con
ella; que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de
caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su
amo que por entonces no le hacía menester; que comiese él cuando se le
antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su
jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba
caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en
cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más
regalado bodegonero de Málaga. Y, en tanto que él iba de aquella manera
menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le
hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar
buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.

En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno
dellos desgajó don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza,
y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado. Toda
aquella noche no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por
acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros
pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados,
entretenidos con las memorias de sus señoras. No la pasó ansí Sancho Panza,
que, como tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se
la llevó toda; y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara,
los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que,

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