Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Mire, señor, que
aquéllos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente
pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le
engañe.

-Ya te he dicho, Sancho -respondió don Quijote-, que sabes poco de achaque
de aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.

Y, diciendo esto, se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde
los frailes venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le
podrían oír lo que dijese, en alta voz dijo:

-Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas
que en ese coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recebir presta
muerte, por justo castigo de vuestras malas obras.

Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados, así de la figura
de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:

-Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos
religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este
coche vienen, o no, ningunas forzadas princesas.

-Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida
canalla -dijo don Quijote.

Y, sin esperar más respuesta, picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió
contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo que, si el fraile no se
dejara caer de la mula, él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun
malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que
trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula, y
comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el mesmo viento.

Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su
asno, arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto
dos mozos de los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba.
Respondióles Sancho que aquello le tocaba a él ligítimamente, como despojos
de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no
sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que
ya don Quijote estaba desviado de allí, hablando con las que en el coche
venían, arremetieron con Sancho y dieron con él en el suelo; y, sin dejarle
pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo
sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile,
todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y, cuando se vio a
caballo, picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le estaba

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