Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del
camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito
de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente,
advertencia de lo por venir. En ésta sé que se hallará todo lo que se
acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para
mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del
sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la tradución, comenzaba desta
manera:

Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y
enojados combatientes, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a
la tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que tenían. Y el
primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno, el cual fue
dado con tanta fuerza y tanta furia que, a no volvérsele la espada en el
camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa
contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena
suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su
contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo
otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran parte
de la celada, con la mitad de la oreja; que todo ello con espantosa ruina
vino al suelo, dejándole muy maltrecho.

¡Válame Dios, y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia
que entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar de aquella
manera! No se diga más, sino que fue de manera que se alzó de nuevo en los
estribos, y, apretando más la espada en las dos manos, con tal furia
descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre
la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él
una montaña, comenzó a echar sangre por las narices, y por la boca y por
los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin
duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo eso, sacó los pies de
los estribos y luego soltó los brazos; y la mula, espantada del terrible
golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio con su dueño en
tierra.

Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y, como lo vio caer,
saltó de su caballo y con mucha ligereza se llegó a él, y, poniéndole la
punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le

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