Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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parar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyo
apacible y fresco; tanto, que convidó y forzó a pasar allí las horas de la
siesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar.
Apeáronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a Rocinante a sus
anchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a las
alforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo
comieron lo que en ellas hallaron.
No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que le
conocía por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesa
de Córdoba no le hicieran tomar mal siniestro. Ordenó, pues, la suerte, y
el diablo, que no todas veces duerme, que andaban por aquel valle paciendo
una manada de hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales es
costumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y agua; y aquel
donde acertó a hallarse don Quijote era muy a propósito de los gallegos.
Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las
señoras facas; y saliendo, así como las olió, de su natural paso y
costumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadillo
y se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo que
pareció, debían de tener más gana de pacer que de ál, recibiéronle con las
herraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio, se le
rompieron las cinchas y quedó, sin silla, en pelota. Pero lo que él debió
más de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas se
les hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que le
derribaron malparado en el suelo.
Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante habían visto,
llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:
-A lo que yo veo, amigo Sancho, éstos no son caballeros, sino gente soez y
de baja ralea. Dígolo porque bien me puedes ayudar a tomar la debida
venganza del agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho a
Rocinante.
-¿Qué diablos de venganza hemos de tomar -respondió Sancho-, si éstos son
más de veinte y nosotros no más de dos, y aun, quizá, nosotros sino uno y
medio?
-Yo valgo por ciento -replicó don Quijote.
Y, sin hacer más discursos, echó mano a su espada y arremetió a los
gallegos, y lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del ejemplo de su
amo. Y, a las primeras, dio don Quijote una cuchillada a uno, que le abrió
un sayo de cuero de que venía vestido, con gran parte de la espalda.

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