Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso
Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores
de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el
temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros
giganteos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán
de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de
serpiente, y tiene por escudo una puerta que, según es fama, es una de las
del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó de sus
enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte y verás delante y en la
frente destotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de
Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas
partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el
escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau, que
es el principio del nombre de su dama, que, según se dice, es la sin par
Miulina, hija del duque Alfeñiquén del Algarbe; el otro, que carga y oprime
los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas
y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación
francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; el otro,
que bate las ijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y ligera
cebra, y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de
Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una
esparraguera, con una letra en castellano que dice así: Rastrea mi suerte.
Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro
escuadrón, que él se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores,
empresas y motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista
locura; y, sin parar, prosiguió diciendo:
-A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aquí
están los que bebían las dulces aguas del famoso Janto; los montuosos que
pisan los masílicos campos; los que criban el finísimo y menudo oro en la
felice Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro
Termodonte; los que sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo;
los númidas, dudosos en sus promesas; los persas, arcos y flechas famosos;
los partos, los medos, que pelean huyendo; los árabes, de mudables casas;
los citas, tan crueles como blancos; los etiopes, de horadados labios, y
otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los
nombres no me acuerdo. En estotro escuadrón vienen los que beben las

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