Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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de todas las que yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada,
podría ser que cayese en la cuenta de que los venció sola una persona, y,
corridos y avergonzados desto, volviesen a rehacerse y a buscarnos, y nos
diesen en qué entender. El jumento está como conviene, la montaña cerca, la
hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies,
y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.
Y, antecogiendo su asno, rogó a su señor que le siguiese; el cual,
pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar, le siguió. Y,
a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en un
espacioso y escondido valle, donde se apearon; y Sancho alivió el jumento,
y, tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron,
comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus
estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del difunto
-que pocas veces se dejan mal pasar- en la acémila de su repuesto traían.
Mas sucedióles otra desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas, y
fue que no tenían vino que beber, ni aun agua que llegar a la boca; y,
acosados de la sed, dijo Sancho, viendo que el prado donde estaban estaba
colmado de verde y menuda yerba, lo que se dirá en el siguiente capítulo.


Capítulo XX. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro
fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso
don Quijote de la Mancha

-No es posible, señor mío, sino que estas yerbas dan testimonio de que por
aquí cerca debe de estar alguna fuente o arroyo que estas yerbas humedece;
y así, será bien que vamos un poco más adelante, que ya toparemos donde
podamos mitigar esta terrible sed que nos fatiga, que, sin duda, causa
mayor pena que la hambre.
Parecióle bien el consejo a don Quijote, y, tomando de la rienda a
Rocinante, y Sancho del cabestro a su asno, después de haber puesto sobre
él los relieves que de la cena quedaron, comenzaron a caminar por el prado
arriba a tiento, porque la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa
alguna; mas, no hubieron andado docientos pasos, cuando llegó a sus oídos
un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se
despeñaba. Alegróles el ruido en gran manera, y, parándose a escuchar hacia
qué parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento
del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de poco
ánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a compás, con un cierto crujir

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