Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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y vio don Quijote que estaba entre unos árboles altos, que ellos eran
castaños, que hacen la sombra muy escura. Sintió también que el golpear no
cesaba, pero no vio quién lo podía causar; y así, sin más detenerse, hizo
sentir las espuelas a Rocinante, y, tornando a despedirse de Sancho, le
mandó que allí le aguardase tres días, a lo más largo, como ya otra vez se
lo había dicho; y que, si al cabo dellos no hubiese vuelto, tuviese por
cierto que Dios había sido servido de que en aquella peligrosa aventura se
le acabasen sus días. Tornóle a referir el recado y embajada que había de
llevar de su parte a su señora Dulcinea, y que, en lo que tocaba a la paga
de sus servicios, no tuviese pena, porque él había dejado hecho su
testamento antes que saliera de su lugar, donde se hallaría gratificado de
todo lo tocante a su salario, rata por cantidad, del tiempo que hubiese
servido; pero que si Dios le sacaba de aquel peligro sano y salvo y sin
cautela, se podía tener por muy más que cierta la prometida ínsula.
De nuevo tornó a llorar Sancho, oyendo de nuevo las lastimeras razones de
su buen señor, y determinó de no dejarle hasta el último tránsito y fin de
aquel negocio.
Destas lágrimas y determinación tan honrada de Sancho Panza saca el autor
desta historia que debía de ser bien nacido, y, por lo menos, cristiano
viejo. Cuyo sentimiento enterneció algo a su amo, pero no tanto que
mostrase flaqueza alguna; antes, disimulando lo mejor que pudo, comenzó a
caminar hacia la parte por donde le pareció que el ruido del agua y del
golpear venía.
Seguíale Sancho a pie, llevando, como tenía de costumbre, del cabestro a su
jumento, perpetuo compañero de sus prósperas y adversas fortunas; y,
habiendo andado una buena pieza por entre aquellos castaños y árboles
sombríos, dieron en un pradecillo que al pie de unas altas peñas se hacía,
de las cuales se precipitaba un grandísimo golpe de agua. Al pie de las
peñas, estaban unas casas mal hechas, que más parecían ruinas de edificios
que casas, de entre las cuales advirtieron que salía el ruido y estruendo
de aquel golpear, que aún no cesaba.
Alborotóse Rocinante con el estruendo del agua y de los golpes, y,
sosegándole don Quijote, se fue llegando poco a poco a las casas,
encomendándose de todo corazón a su señora, suplicándole que en aquella
temerosa jornada y empresa le favoreciese, y de camino se encomendaba
también a Dios, que no le olvidase. No se le quitaba Sancho del lado, el
cual alargaba cuanto podía el cuello y la vista por entre las piernas de

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