Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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qué calidad fueron las veras y las burlas, y sé también que no se me caerán
de la memoria, como nunca se quitarán de las espaldas. Pero, dejando esto
aparte, dígame vuestra merced qué haremos deste caballo rucio rodado, que
parece asno pardo, que dejó aquí desamparado aquel Martino que vuestra
merced derribó; que, según él puso los pies en polvorosa y cogió las de
Villadiego, no lleva pergenio de volver por él jamás; y ¡para mis barbas,
si no es bueno el rucio!
-Nunca yo acostumbro -dijo don Quijote- despojar a los que venzo, ni es uso
de caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese que
el vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que, en tal caso,
lícito es tomar el del vencido, como ganado en guerra lícita. Así que,
Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo que tú quisieres que sea, que, como
su dueño nos vea alongados de aquí, volverá por él.
-Dios sabe si quisiera llevarle -replicó Sancho-, o, por lo menos, trocalle
con este mío, que no me parece tan bueno. Verdaderamente que son estrechas
las leyes de caballería, pues no se estienden a dejar trocar un asno por
otro; y querría saber si podría trocar los aparejos siquiera.
-En eso no estoy muy cierto -respondió don Quijote-; y, en caso de duda,
hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes dellos
necesidad estrema.
-Tan estrema es -respondió Sancho- que si fueran para mi misma persona, no
los hubiera menester más.
Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum y puso su
jumento a las mil lindezas, dejándole mejorado en tercio y quinto.
Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron,
bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos:
tal era el aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les habían
puesto.
Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron a caballo, y, sin
tomar determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar
ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante
quiso, que se llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siempre
le seguía por dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todo
esto, volvieron al camino real y siguieron por él a la ventura, sin otro
disignio alguno.
Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo:
-Señor, ¿quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con él?
Que, después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio, se me han
podrido más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en

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