Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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solamente el alcahuete limpio, no merecía él ir a bogar en las galeras,
sino a mandallas y a ser general dellas; porque no es así comoquiera el
oficio de alcahuete, que es oficio de discretos y necesarísimo en la
república bien ordenada, y que no le debía ejercer sino gente muy bien
nacida; y aun había de haber veedor y examinador de los tales, como le hay
de los demás oficios, con número deputado y conocido, como corredores de
lonja; y desta manera se escusarían muchos males que se causan por andar
este oficio y ejercicio entre gente idiota y de poco entendimiento, como
son mujercillas de poco más a menos, pajecillos y truhanes de pocos años y
de poca experiencia, que, a la más necesaria ocasión y cuando es menester
dar una traza que importe, se les yelan las migas entre la boca y la mano y
no saben cuál es su mano derecha. Quisiera pasar adelante y dar las razones
por que convenía hacer elección de los que en la república habían de tener
tan necesario oficio, pero no es el lugar acomodado para ello: algún día lo
diré a quien lo pueda proveer y remediar. Sólo digo ahora que la pena que
me ha causado ver estas blancas canas y este rostro venerable en tanta
fatiga, por alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero; aunque
bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la
voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no
hay yerba ni encanto que le fuerce. Lo que suelen hacer algunas mujercillas
simples y algunos embusteros bellacos es algunas misturas y venenos con que
vuelven locos a los hombres, dando a entender que tienen fuerza para hacer
querer bien, siendo, como digo, cosa imposible forzar la voluntad.
-Así es -dijo el buen viejo-, y, en verdad, señor, que en lo de hechicero
que no tuve culpa; en lo de alcahuete, no lo pude negar. Pero nunca pensé
que hacía mal en ello: que toda mi intención era que todo el mundo se
holgase y viviese en paz y quietud, sin pendencias ni penas; pero no me
aprovechó nada este buen deseo para dejar de ir adonde no espero volver,
según me cargan los años y un mal de orina que llevo, que no me deja
reposar un rato.
Y aquí tornó a su llanto, como de primero; y túvole Sancho tanta compasión,
que sacó un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna.
Pasó adelante don Quijote, y preguntó a otro su delito, el cual respondió
con no menos, sino con mucha más gallardía que el pasado:

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