Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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marca, si no quiere que le haga callar, mal que le pese.
-Bien parece -respondió el galeote- que va el hombre como Dios es servido,
pero algún día sabrá alguno si me llamo Ginesillo de Parapilla o no.
-Pues, ¿no te llaman ansí, embustero? -dijo la guarda.
-Sí llaman -respondió Ginés-, mas yo haré que no me lo llamen, o me las
pelaría donde yo digo entre mis dientes. Señor caballero, si tiene algo que
darnos, dénoslo ya, y vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber
vidas ajenas; y si la mía quiere saber, sepa que yo soy Ginés de Pasamonte,
cuya vida está escrita por estos pulgares.
-Dice verdad -dijo el comisario-: que él mesmo ha escrito su historia, que
no hay más, y deja empeñado el libro en la cárcel en docientos reales.
-Y le pienso quitar -dijo Ginés-, si quedara en docientos ducados.
-¿Tan bueno es? -dijo don Quijote.
-Es tan bueno -respondió Ginés- que mal año para Lazarillo de Tormes y para
todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren. Lo que le sé
decir a voacé es que trata verdades, y que son verdades tan lindas y tan
donosas que no pueden haber mentiras que se le igualen.
-¿Y cómo se intitula el libro? -preguntó don Quijote.
-La vida de Ginés de Pasamonte -respondió el mismo.
-¿Y está acabado? -preguntó don Quijote.
-¿Cómo puede estar acabado -respondió él-, si aún no está acabada mi vida?
Lo que está escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última
vez me han echado en galeras.
-Luego, ¿otra vez habéis estado en ellas? -dijo don Quijote.
-Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro años, y ya sé a qué
sabe el bizcocho y el corbacho -respondió Ginés-; y no me pesa mucho de ir
a ellas, porque allí tendré lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas
cosas que decir, y en las galeras de España hay mas sosiego de aquel que
sería menester, aunque no es menester mucho más para lo que yo tengo de
escribir, porque me lo sé de coro.
-Hábil pareces -dijo don Quijote.
-Y desdichado -respondió Ginés-; porque siempre las desdichas persiguen al
buen ingenio.
-Persiguen a los bellacos -dijo el comisario.
-Ya le he dicho, señor comisario -respondió Pasamonte-, que se vaya poco a
poco, que aquellos señores no le dieron esa vara para que maltratase a los
pobretes que aquí vamos, sino para que nos guiase y llevase adonde Su
Majestad manda. Si no, ¡por vida de...! ¡Basta!, que podría ser que
saliesen algún día en la colada las manchas que se hicieron en la venta; y
todo el mundo calle, y viva bien, y hable mejor y caminemos, que ya es

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