Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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-¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! -respondió don Quijote.
Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto que, sin que tuviese
lugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo, malherido de una
lanzada; y avínole bien, que éste era el de la escopeta. Las demás guardas
quedaron atónitas y suspensas del no esperado acontecimiento; pero,
volviendo sobre sí, pusieron mano a sus espadas los de a caballo, y los de
a pie a sus dardos, y arremetieron a don Quijote, que con mucho sosiego los
aguardaba; y, sin duda, lo pasara mal si los galeotes, viendo la ocasión
que se les ofrecía de alcanzar libertad, no la procuraran, procurando
romper la cadena donde venían ensartados. Fue la revuelta de manera que las
guardas, ya por acudir a los galeotes, que se desataban, ya por acometer a
don Quijote, que los acometía, no hicieron cosa que fuese de provecho.
Ayudó Sancho, por su parte, a la soltura de Ginés de Pasamonte, que fue el
primero que saltó en la campaña libre y desembarazado, y, arremetiendo al
comisario caído, le quitó la espada y la escopeta, con la cual, apuntando
al uno y señalando al otro, sin disparalla jamás, no quedó guarda en todo
el campo, porque se fueron huyendo, así de la escopeta de Pasamonte como de
las muchas pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban.
Entristecióse mucho Sancho deste suceso, porque se le representó que los
que iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, la
cual, a campana herida, saldría a buscar los delincuentes, y así se lo dijo
a su amo, y le rogó que luego de allí se partiesen y se emboscasen en la
sierra, que estaba cerca.
-Bien está eso -dijo don Quijote-, pero yo sé lo que ahora conviene que se
haga.
Y, llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y habían
despojado al comisario hasta dejarle en cueros, se le pusieron todos a la
redonda para ver lo que les mandaba, y así les dijo:
-De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los
pecados que más a Dios ofende es la ingratitud. Dígolo porque ya habéis
visto, señores, con manifiesta experiencia, el que de mí habéis recebido;
en pago del cual querría, y es mi voluntad, que, cargados de esa cadena que
quité de vuestros cuellos, luego os pongáis en camino y vais a la ciudad
del Toboso, y allí os presentéis ante la señora Dulcinea del Toboso y le
digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar,
y le contéis, punto por punto, todos los que ha tenido esta famosa aventura

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