Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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en oro y por las tan buenas camisas, que debía de ser de algún principal
enamorado, a quien desdenes y malos tratamientos de su dama debían de haber
conducido a algún desesperado término. Pero, como por aquel lugar
inhabitable y escabroso no parecía persona alguna de quien poder
informarse, no se curó de más que de pasar adelante, sin llevar otro camino
que aquel que Rocinante quería, que era por donde él podía caminar, siempre
con imaginación que no podía faltar por aquellas malezas alguna estraña
aventura.
Yendo, pues, con este pensamiento, vio que, por cima de una montañuela que
delante de los ojos se le ofrecía, iba saltando un hombre, de risco en
risco y de mata en mata, con estraña ligereza. Figurósele que iba desnudo,
la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados, los pies
descalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubrían unos calzones,
al parecer de terciopelo leonado, mas tan hechos pedazos que por muchas
partes se le descubrían las carnes. Traía la cabeza descubierta, y, aunque
pasó con la ligereza que se ha dicho, todas estas menudencias miró y notó
el Caballero de la Triste Figura; y, aunque lo procuró, no pudo seguille,
porque no era dado a la debilidad de Rocinante andar por aquellas
asperezas, y más siendo él de suyo pisacorto y flemático. Luego imaginó don
Quijote que aquél era el dueño del cojín y de la maleta, y propuso en sí de
buscalle, aunque supiese andar un año por aquellas montañas hasta hallarle;
y así, mandó a Sancho que se apease del asno y atajase por la una parte de
la montaña, que él iría por la otra y podría ser que topasen, con esta
diligencia, con aquel hombre que con tanta priesa se les había quitado de
delante.
-No podré hacer eso -respondió Sancho-, porque, en apartándome de vuestra
merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros de
sobresaltos y visiones. Y sírvale esto que digo de aviso, para que de aquí
adelante no me aparte un dedo de su presencia.
-Así será -dijo el de la Triste Figura-, y yo estoy muy contento de que te
quieras valer de mi ánimo, el cual no te ha de faltar, aunque te falte el
ánima del cuerpo. Y vente ahora tras mí poco a poco, o como pudieres, y haz
de los ojos lanternas; rodearemos esta serrezuela: quizá toparemos con
aquel hombre que vimos, el cual, sin duda alguna, no es otro que el dueño
de nuestro hallazgo.
A lo que Sancho respondió:
-Harto mejor sería no buscalle, porque si le hallamos y acaso fuese el
dueño del dinero, claro está que lo tengo de restituir; y así, fuera mejor,

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