Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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meses, poco más a menos, que llegó a una majada de pastores, que estará
como tres leguas deste lugar, un mancebo de gentil talle y apostura,
caballero sobre esa mesma mula que ahí está muerta, y con el mesmo cojín y
maleta que decís que hallastes y no tocastes. Preguntónos que cuál parte
desta sierra era la más áspera y escondida; dijímosle que era esta donde
ahora estamos; y es ansí la verdad, porque si entráis media legua más
adentro, quizá no acertaréis a salir; y estoy maravillado de cómo habéis
podido llegar aquí, porque no hay camino ni senda que a este lugar
encamine. Digo, pues, que, en oyendo nuestra respuesta el mancebo, volvió
las riendas y encaminó hacia el lugar donde le señalamos, dejándonos a
todos contentos de su buen talle, y admirados de su demanda y de la priesa
con que le víamos caminar y volverse hacia la sierra; y desde entonces
nunca más le vimos, hasta que desde allí a algunos días salió al camino a
uno de nuestros pastores, y, sin decille nada, se llegó a él y le dio
muchas puñadas y coces, y luego se fue a la borrica del hato y le quitó
cuanto pan y queso en ella traía; y, con estraña ligereza, hecho esto, se
volvió a emboscar en la sierra. Como esto supimos algunos cabreros, le
anduvimos a buscar casi dos días por lo más cerrado desta sierra, al cabo
de los cuales le hallamos metido en el hueco de un grueso y valiente
alcornoque. Salió a nosotros con mucha mansedumbre, ya roto el vestido, y
el rostro disfigurado y tostado del sol, de tal suerte que apenas le
conocíamos, sino que los vestidos, aunque rotos, con la noticia que dellos
teníamos, nos dieron a entender que era el que buscábamos. Saludónos
cortésmente, y en pocas y muy buenas razones nos dijo que no nos
maravillásemos de verle andar de aquella suerte, porque así le convenía
para cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le había sido
impuesta. Rogámosle que nos dijese quién era, mas nunca lo pudimos acabar
con él. Pedímosle también que, cuando hubiese menester el sustento, sin el
cual no podía pasar, nos dijese dónde le hallaríamos, porque con mucho amor
y cuidado se lo llevaríamos; y que si esto tampoco fuese de su gusto, que,
a lo menos, saliese a pedirlo, y no a quitarlo a los pastores. Agradeció
nuestro ofrecimiento, pidió perdón de los asaltos pasados, y ofreció de
pedillo de allí adelante por amor de Dios, sin dar molestia alguna a nadie.
En cuanto lo que tocaba a la estancia de su habitación, dijo que no tenía
otra que aquella que le ofrecía la ocasión donde le tomaba la noche; y

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