Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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escuchaba al astroso Caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su
plática, dijo:
-Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os conozco, yo os
agradezco las muestras y la cortesía que conmigo habéis usado; y quisiera
yo hallarme en términos que con más que la voluntad pudiera servir la que
habéis mostrado tenerme en el buen acogimiento que me habéis hecho, mas no
quiere mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que
me hacen, que buenos deseos de satisfacerlas.
-Los que yo tengo -respondió don Quijote- son de serviros; tanto, que tenía
determinado de no salir destas sierras hasta hallaros y saber de vos si el
dolor que en la estrañeza de vuestra vida mostráis tener se podía hallar
algún género de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con la
diligencia posible. Y, cuando vuestra desventura fuera de aquellas que
tienen cerradas las puertas a todo género de consuelo, pensaba ayudaros a
llorarla y plañirla como mejor pudiera, que todavía es consuelo en las
desgracias hallar quien se duela dellas. Y, si es que mi buen intento
merece ser agradecido con algún género de cortesía, yo os suplico, señor,
por la mucha que veo que en vos se encierra, y juntamente os conjuro por la
cosa que en esta vida más habéis amado o amáis, que me digáis quién sois y
la causa que os ha traído a vivir y a morir entre estas soledades como
bruto animal, pues moráis entre ellos tan ajeno de vos mismo cual lo
muestra vuestro traje y persona. Y juro -añadió don Quijote-, por la orden
de caballería que recebí, aunque indigno y pecador, y por la profesión de
caballero andante, que si en esto, señor, me complacéis, de serviros con
las veras a que me obliga el ser quien soy: ora remediando vuestra
desgracia, si tiene remedio, ora ayudándoos a llorarla, como os lo he
prometido.
El Caballero del Bosque, que de tal manera oyó hablar al de la Triste
Figura, no hacía sino mirarle, y remirarle y tornarle a mirar de arriba
abajo; y, después que le hubo bien mirado, le dijo:
-Si tienen algo que darme a comer, por amor de Dios que me lo den; que,
después de haber comido, yo haré todo lo que se me manda, en agradecimiento
de tan buenos deseos como aquí se me han mostrado.
Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón, con que
satisfizo el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como persona
atontada, tan apriesa que no daba espacio de un bocado al otro, pues antes
los engullía que tragaba; y, en tanto que comía, ni él ni los que le

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