Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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mi ciudad había, que es madre de los mejores del mundo.
»Apenas le oí yo decir esto, cuando, movido de mi afición, aunque su
determinación no fuera tan buena, la aprobara yo por una de las más
acertadas que se podían imaginar, por ver cuán buena ocasión y coyuntura se
me ofrecía de volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo,
aprobé su parecer y esforcé su propósito, diciéndole que lo pusiese por
obra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia hacía su
oficio, a pesar de los más firmes pensamientos. Ya cuando él me vino a
decir esto, según después se supo, había gozado a la labradora con título
de esposo, y esperaba ocasión de descubrirse a su salvo, temeroso de lo que
el duque su padre haría cuando supiese su disparate.
»Sucedió, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo
es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, en
llegando a alcanzarle se acaba y ha de volver atrás aquello que parecía
amor, porque no puede pasar adelante del término que le puso naturaleza, el
cual término no le puso a lo que es verdadero amor...; quiero decir que,
así como don Fernando gozó a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se
resfriaron sus ahíncos; y si primero fingía quererse ausentar, por
remediarlos, ahora de veras procuraba irse, por no ponerlos en ejecución.
Diole el duque licencia, y mandóme que le acompañase. Venimos a mi ciudad,
recibióle mi padre como quien era; vi yo luego a Luscinda, tornaron a
vivir, aunque no habían estado muertos ni amortiguados, mis deseos, de los
cuales di cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que, en la ley
de la mucha amistad que mostraba, no le debía encubrir nada. Alabéle la
hermosura, donaire y discreción de Luscinda de tal manera, que mis
alabanzas movieron en él los deseos de querer ver doncella de tantas buenas
partes adornada. Cumplíselos yo, por mi corta suerte, enseñándosela una
noche, a la luz de una vela, por una ventana por donde los dos solíamos
hablarnos. Viola en sayo, tal, que todas las bellezas hasta entonces por él
vistas las puso en olvido. Enmudeció, perdió el sentido, quedó absorto y,
finalmente, tan enamorado cual lo veréis en el discurso del cuento de mi
desventura. Y, para encenderle más el deseo, que a mí me celaba y al cielo
a solas descubría, quiso la fortuna que hallase un día un billete suyo
pidiéndome que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan honesto
y tan enamorado que, en leyéndolo, me dijo que en sola Luscinda se
encerraban todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las

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