Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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guardar. Respondió el cabrero que ya lo había dicho, y que si él no lo
había oído, que no era suya la culpa. Replicó Sancho Panza, y tornó a
replicar el cabrero, y fue el fin de las réplicas asirse de las barbas y
darse tales puñadas que, si don Quijote no los pusiera en paz, se hicieran
pedazos. Decía Sancho, asido con el cabrero:
-Déjeme vuestra merced, señor Caballero de la Triste Figura, que en éste,
que es villano como yo y no está armado caballero, bien puedo a mi salvo
satisfacerme del agravio que me ha hecho, peleando con él mano a mano, como
hombre honrado.
-Así es -dijo don Quijote-, pero yo sé que él no tiene ninguna culpa de lo
sucedido.
Con esto los apaciguó, y don Quijote volvió a preguntar al cabrero si sería
posible hallar a Cardenio, porque quedaba con grandísimo deseo de saber el
fin de su historia. Díjole el cabrero lo que primero le había dicho, que
era no saber de cierto su manida; pero que, si anduviese mucho por aquellos
contornos, no dejaría de hallarle, o cuerdo o loco.


Capítulo XXV. Que trata de las estrañas cosas que en Sierra Morena
sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a
la penitencia de Beltenebros

Despidióse del cabrero don Quijote, y, subiendo otra vez sobre Rocinante,
mandó a Sancho que le siguiese, el cual lo hizo, con su jumento, de muy
mala gana. Íbanse poco a poco entrando en lo más áspero de la montaña, y
Sancho iba muerto por razonar con su amo, y deseaba que él comenzase la
plática, por no contravenir a lo que le tenía mandado; mas, no pudiendo
sufrir tanto silencio, le dijo:
-Señor don Quijote, vuestra merced me eche su bendición y me dé licencia;
que desde aquí me quiero volver a mi casa, y a mi mujer y a mis hijos, con
los cuales, por lo menos, hablaré y departiré todo lo que quisiere; porque
querer vuestra merced que vaya con él por estas soledades, de día y de
noche, y que no le hable cuando me diere gusto es enterrarme en vida. Si ya
quisiera la suerte que los animales hablaran, como hablaban en tiempos de
Guisopete, fuera menos mal, porque departiera yo con mi jumento lo que me
viniera en gana, y con esto pasara mi mala ventura; que es recia cosa, y
que no se puede llevar en paciencia, andar buscando aventuras toda la vida
y no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puñadas, y, con todo
esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre tiene en

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