Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Mambrino, y que no salga de este error en más de cuatro días, ¿qué ha de
pensar, sino que quien tal dice y afirma debe de tener güero el juicio? La
bacía yo la llevo en el costal, toda abollada, y llévola para aderezarla en
mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia que algún
día me vea con mi mujer y hijos.
-Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste, te juro -dijo don
Quijote- que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero
en el mundo. ¿Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has
echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen
quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? Y no
porque sea ello ansí, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva
de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y les vuelven
según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y
así, eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de
Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa. Y fue rara providencia del sabio
que es de mi parte hacer que parezca bacía a todos lo que real y
verdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo él de tanta
estima, todo el mundo me perseguirá por quitármele; pero, como ven que no
es más de un bacín de barbero, no se curan de procuralle, como se mostró
bien en el que quiso rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle; que a fe
que si le conociera, que nunca él le dejara. Guárdale, amigo, que por ahora
no le he menester; que antes me tengo de quitar todas estas armas y quedar
desnudo como cuando nací, si es que me da en voluntad de seguir en mi
penitencia más a Roldán que a Amadís.
Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña que, casi como
peñón tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por su
falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde
y vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban. Había por allí
muchos árboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugar
apacible. Este sitio escogió el Caballero de la Triste Figura para hacer su
penitencia; y así, en viéndole, comenzó a decir en voz alta, como si
estuviera sin juicio:
-Éste es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo y escojo para llorar la
desventura en que vosotros mesmos me habéis puesto. Éste es el sitio donde
el humor de mis ojos acrecentará las aguas deste pequeño arroyo, y mis

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