Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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merced desea y merece. Y si no, aparéjese la señora Dulcinea; que si no
responde como es razón, voto hago solene a quien puedo que le tengo de
sacar la buena respuesta del estómago a coces y a bofetones. Porque, ¿dónde
se ha de sufrir que un caballero andante, tan famoso como vuestra merced,
se vuelva loco, sin qué ni para qué, por una...? No me lo haga decir la
señora, porque por Dios que despotrique y lo eche todo a doce, aunque nunca
se venda. ¡Bonico soy yo para eso! ¡Mal me conoce! ¡Pues, a fe que si me
conociese, que me ayunase!
-A fe, Sancho -dijo don Quijote-, que, a lo que parece, que no estás tú más
cuerdo que yo.
-No estoy tan loco -respondió Sancho-, mas estoy más colérico. Pero,
dejando esto aparte, ¿qué es lo que ha de comer vuestra merced en tanto que
yo vuelvo? ¿Ha de salir al camino, como Cardenio, a quitárselo a los
pastores?
-No te dé pena ese cuidado -respondió don Quijote-, porque, aunque tuviera,
no comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este prado y estos árboles
me dieren, que la fineza de mi negocio está en no comer y en hacer otras
asperezas equivalentes.
-A Dios, pues. Pero, ¿sabe vuestra merced qué temo? Que no tengo de acertar
a volver a este lugar donde agora le dejo, según está de escondido.
-Toma bien las señas, que yo procuraré no apartarme destos contornos -dijo
don Quijote-, y aun tendré cuidado de subirme por estos más altos riscos,
por ver si te descubro cuando vuelvas. Cuanto más, que lo más acertado
será, para que no me yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de las
muchas que por aquí hay y las vayas poniendo de trecho a trecho, hasta
salir a lo raso, las cuales te servirán de mojones y señales para que me
halles cuando vuelvas, a imitación del hilo del laberinto de Teseo.
-Así lo haré -respondió Sancho Panza.
Y, cortando algunos, pidió la bendición a su señor, y, no sin muchas
lágrimas de entrambos, se despidió dél. Y, subiendo sobre Rocinante, a
quien don Quijote encomendó mucho, y que mirase por él como por su propria
persona, se puso en camino del llano, esparciendo de trecho a trecho los
ramos de la retama, como su amo se lo había aconsejado. Y así, se fue,
aunque todavía le importunaba don Quijote que le viese siquiera hacer dos
locuras. Mas no hubo andado cien pasos, cuando volvió y dijo:
-Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que, para que pueda
jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que

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