Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra
merced.
-¿No te lo decía yo? -dijo don Quijote-. Espérate, Sancho, que en un credo
las haré.
Y, desnudándose con toda priesa las calzones, quedó en carnes y en pañales,
y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas, la
cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra
vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho
de que podía jurar que su amo quedaba loco. Y así, le dejaremos ir su
camino, hasta la vuelta, que fue breve.


Capítulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don
Quijote en Sierra Morena

Y, volviendo a contar lo que hizo el de la Triste Figura después que se vio
solo, dice la historia que, así como don Quijote acabó de dar las tumbas o
vueltas, de medio abajo desnudo y de medio arriba vestido, y que vio que
Sancho se había ido sin querer aguardar a ver más sandeces, se subió sobre
una punta de una alta peña y allí tornó a pensar lo que otras muchas veces
había pensado, sin haberse jamás resuelto en ello. Y era que cuál sería
mejor y le estaría más a cuento: imitar a Roldán en las locuras desaforadas
que hizo, o Amadís en las malencónicas. Y, hablando entre sí mesmo, decía:
-Si Roldán fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen, ¿qué
maravilla?, pues, al fin, era encantado y no le podía matar nadie si no era
metiéndole un alfiler de a blanca por la planta del pie, y él traía siempre
los zapatos con siete suelas de hierro. Aunque no le valieron tretas contra
Bernardo del Carpio, que se las entendió y le ahogó entre los brazos, en
Roncesvalles. Pero, dejando en él lo de la valentía a una parte, vengamos a
lo de perder el juicio, que es cierto que le perdió, por las señales que
halló en la fontana y por las nuevas que le dio el pastor de que Angélica
había dormido más de dos siestas con Medoro, un morillo de cabellos
enrizados y paje de Agramante; y si él entendió que esto era verdad y que
su dama le había cometido desaguisado, no hizo mucho en volverse loco. Pero
yo, ¿cómo puedo imitalle en las locuras, si no le imito en la ocasión
dellas? Porque mi Dulcinea del Toboso osaré yo jurar que no ha visto en
todos los días de su vida moro alguno, ansí como él es, en su mismo traje,
y que se está hoy como la madre que la parió; y haríale agravio manifiesto

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