Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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le había sucedido, que tan mal se paraba.
-¿Qué me ha de suceder -respondió Sancho-, sino el haber perdido de una
mano a otra, en un estante, tres pollinos, que cada uno era como un
castillo?
-¿Cómo es eso? -replicó el barbero.
-He perdido el libro de memoria -respondió Sancho-, donde venía carta para
Dulcinea y una cédula firmada de su señor, por la cual mandaba que su
sobrina me diese tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa.
Y, con esto, les contó la pérdida del rucio. Consolóle el cura, y díjole
que, en hallando a su señor, él le haría revalidar la manda y que tornase a
hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se
hacían en libros de memoria jamás se acetaban ni cumplían.
Con esto se consoló Sancho, y dijo que, como aquello fuese ansí, que no le
daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi
de memoria, de la cual se podría trasladar donde y cuando quisiesen.
-Decildo, Sancho, pues -dijo el barbero-, que después la trasladaremos.
Paróse Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y
ya se ponía sobre un pie, y ya sobre otro; unas veces miraba al suelo,
otras al cielo; y, al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo,
teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de
grandísimo rato:
-Por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta
se me acuerda; aunque en el principio decía: «Alta y sobajada señora».
-No diría -dijo el barbero- sobajada, sino sobrehumana o soberana señora.
-Así es -dijo Sancho-. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía..., si mal no
me acuerdo: «el llego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced
las manos, ingrata y muy desconocida hermosa», y no sé qué decía de salud y
de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa
en «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».
No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y
alabáronsela mucho, y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para
que ellos, ansimesmo, la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo.
Tornóla a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvió a decir
otros tres mil disparates. Tras esto, contó asimesmo las cosas de su amo,
pero no habló palabra acerca del manteamiento que le había sucedido en
aquella venta, en la cual rehusaba entrar. Dijo también como su señor, en
trayendo que le trujese buen despacho de la señora Dulcinea del Toboso, se

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