Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Cayeron
luego el ventero y la ventera en que el loco era su huésped, el del
bálsamo, y el amo del manteado escudero, y contaron al cura todo lo que con
él les había pasado, sin callar lo que tanto callaba Sancho. En resolución,
la ventera vistió al cura de modo que no había más que ver: púsole una saya
de paño, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo en ancho, todas
acuchilladas, y unos corpiños de terciopelo verde, guarnecidos con unos
ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer, ellos y la saya, en
tiempo del rey Wamba. No consintió el cura que le tocasen, sino púsose en
la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de
noche, y ciñóse por la frente una liga de tafetán negro, y con otra liga
hizo un antifaz, con que se cubrió muy bien las barbas y el rostro;
encasquetóse su sombrero, que era tan grande que le podía servir de
quitasol, y, cubriéndose su herreruelo, subió en su mula a mujeriegas, y el
barbero en la suya, con su barba que le llegaba a la cintura, entre roja y
blanca, como aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola de un buey
barroso.
Despidiéronse de todos, y de la buena de Maritornes, que prometió de rezar
un rosario, aunque pecadora, porque Dios les diese buen suceso en tan arduo
y tan cristiano negocio como era el que habían emprendido.
Mas, apenas hubo salido de la venta, cuando le vino al cura un pensamiento:
que hacía mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa indecente
que un sacerdote se pusiese así, aunque le fuese mucho en ello; y,
diciéndoselo al barbero, le rogó que trocasen trajes, pues era más justo
que él fuese la doncella menesterosa, y que él haría el escudero, y que así
se profanaba menos su dignidad; y que si no lo quería hacer, determinaba de
no pasar adelante, aunque a don Quijote se le llevase el diablo.
En esto, llegó Sancho, y de ver a los dos en aquel traje no pudo tener la
risa. En efeto, el barbero vino en todo aquello que el cura quiso, y,
trocando la invención, el cura le fue informando el modo que había de tener
y las palabras que había de decir a don Quijote para moverle y forzarle a
que con él se viniese, y dejase la querencia del lugar que había escogido
para su vana penitencia. El barbero respondió que, sin que se le diese
lición, él lo pondría bien en su punto. No quiso vestirse por entonces,
hasta que estuviesen junto de donde don Quijote estaba; y así, dobló sus

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