Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

Página 185 de 838

entendimiento que después acá me ha faltado; y así, sin querer tomar
venganza de mis mayores enemigos (que, por estar tan sin pensamiento mío,
fuera fácil tomarla), quise tomarla de mi mano y ejecutar en mí la pena que
ellos merecían; y aun quizá con más rigor del que con ellos se usara si
entonces les diera muerte, pues la que se recibe repentina presto acaba la
pena; mas la que se dilata con tormentos siempre mata, sin acabar la vida.
»En fin, yo salí de aquella casa y vine a la de aquél donde había dejado la
mula; hice que me la ensillase, sin despedirme dél subí en ella, y salí de
la ciudad, sin osar, como otro Lot, volver el rostro a miralla; y cuando me
vi en el campo solo, y que la escuridad de la noche me encubría y su
silencio convidaba a quejarme, sin respeto o miedo de ser escuchado ni
conocido, solté la voz y desaté la lengua en tantas maldiciones de Luscinda
y de don Fernando, como si con ellas satisficiera el agravio que me habían
hecho. Dile títulos de cruel, de ingrata, de falsa y desagradecida; pero,
sobre todos, de codiciosa, pues la riqueza de mi enemigo la había cerrado
los ojos de la voluntad, para quitármela a mí y entregarla a aquél con
quien más liberal y franca la fortuna se había mostrado; y, en mitad de la
fuga destas maldiciones y vituperios, la desculpaba, diciendo que no era
mucho que una doncella recogida en casa de sus padres, hecha y acostumbrada
siempre a obedecerlos, hubiese querido condecender con su gusto, pues le
daban por esposo a un caballero tan principal, tan rico y tan gentil hombre
que, a no querer recebirle, se podía pensar, o que no tenía juicio, o que
en otra parte tenía la voluntad: cosa que redundaba tan en perjuicio de su
buena opinión y fama. Luego volvía diciendo que, puesto que ella dijera que
yo era su esposo, vieran ellos que no había hecho en escogerme tan mala
elección, que no la disculparan, pues antes de ofrecérseles don Fernando no
pudieran ellos mesmos acertar a desear, si con razón midiesen su deseo,
otro mejor que yo para esposo de su hija; y que bien pudiera ella, antes de
ponerse en el trance forzoso y último de dar la mano, decir que ya yo le
había dado la mía; que yo viniera y concediera con todo cuanto ella
acertara a fingir en este caso.
»En fin, me resolví en que poco amor, poco juicio, mucha ambición y deseos
de grandezas hicieron que se olvidase de las palabras con que me había
engañado, entretenido y sustentado en mis firmes esperanzas y honestos

Página 185 de 838
 


Grupo de Paginas:                                     

Compartir:




Diccionario: