Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

Página 188 de 838

escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi
voluntad sostengo? Sí será, si la soledad que prometen estas sierras no me
miente. ¡Ay, desdichada, y cuán más agradable compañía harán estos riscos y
malezas a mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comunique
mi desgracia al cielo, que no la de ningún hombre humano, pues no hay
ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio
en las quejas, ni remedio en los males!
Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban,
y por parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron a
buscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detrás de un
peñasco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como
labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba
los pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver por
entonces. Y ellos llegaron con tanto silencio que dél no fueron sentidos,
ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que
no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras
del arroyo se habían nacido. Suspendióles la blancura y belleza de los
pies, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras
el arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño; y así, viendo
que no habían sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo señas a los
otros dos que se agazapasen o escondiesen detrás de unos pedazos de peña
que allí había, y así lo hicieron todos, mirando con atención lo que el
mozo hacía; el cual traía puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy
ceñido al cuerpo con una toalla blanca. Traía, ansimesmo, unos calzones y
polainas de paño pardo, y en la cabeza una montera parda. Tenía las
polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de
blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar los hermosos pies, y luego, con
un paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los limpió; y, al
querer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que mirándole
estaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al cura,
con voz baja:
-Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.
El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte,
se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del
sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador era
mujer, y delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los

Página 188 de 838
 


Grupo de Paginas:                                     

Compartir:




Diccionario: