Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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la imaginación que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos,
en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante,
y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero tan ricos que su
riqueza y magnífico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de
hidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza y nobleza que
ellos se preciaban era de tenerme a mí por hija; y, así por no tener otra
ni otro que los heredase como por ser padres, y aficionados, yo era una de
las más regaladas hijas que padres jamás regalaron. Era el espejo en que se
miraban, el báculo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban,
midiéndolos con el cielo, todos sus deseos; de los cuales, por ser ellos
tan buenos, los míos no salían un punto. Y del mismo modo que yo era señora
de sus ánimos, ansí lo era de su hacienda: por mí se recebían y despedían
los criados; la razón y cuenta de lo que se sembraba y cogía pasaba por mi
mano; los molinos de aceite, los lagares de vino, el número del ganado
mayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tan
rico labrador como mi padre puede tener y tiene, tenía yo la cuenta, y era
la mayordoma y señora, con tanta solicitud mía y con tanto gusto suyo, que
buenamente no acertaré a encarecerlo. Los ratos que del día me quedaban,
después de haber dado lo que convenía a los mayorales, a capataces y a
otros jornaleros, los entretenía en ejercicios que son a las doncellas tan
lícitos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla,
y la rueca muchas veces; y si alguna, por recrear el ánimo, estos
ejercicios dejaba, me acogía al entretenimiento de leer algún libro devoto,
o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la música compone
los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu.
»Ésta, pues, era la vida que yo tenía en casa de mis padres, la cual, si
tan particularmente he contado, no ha sido por ostentación ni por dar a
entender que soy rica, sino porque se advierta cuán sin culpa me he venido
de aquel buen estado que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es,
pues, el caso que, pasando mi vida en tantas ocupaciones y en un
encerramiento tal que al de un monesterio pudiera compararse, sin ser
vista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados de casa,
porque los días que iba a misa era tan de mañana, y tan acompañada de mi
madre y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada que apenas vían mis

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