Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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ojos más tierra de aquella donde ponía los pies; y, con todo esto, los del
amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no
pueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, que
éste es el nombre del hijo menor del duque que os he contado».
No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando a
Cardenio se le mudó la color del rostro, y comenzó a trasudar, con tan
grande alteración que el cura y el barbero, que miraron en ello, temieron
que le venía aquel accidente de locura que habían oído decir que de cuando
en cuando le venía. Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse
quedo, mirando de hito en hito a la labradora, imaginando quién ella era;
la cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosiguió su
historia, diciendo:
-«Y no me hubieron bien visto cuando, según él dijo después, quedó tan
preso de mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones.
Mas, por acabar presto con el cuento, que no le tiene, de mis desdichas,
quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo para
declararme su voluntad. Sobornó toda la gente de mi casa, dio y ofreció
dádivas y mercedes a mis parientes. Los días eran todos de fiesta y de
regocijo en mi calle; las noches no dejaban dormir a nadie las músicas. Los
billetes que, sin saber cómo, a mis manos venían, eran infinitos, llenos de
enamoradas razones y ofrecimientos, con menos letras que promesas y
juramentos. Todo lo cual no sólo no me ablandaba, pero me endurecía de
manera como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las obras que para
reducirme a su voluntad hacía, las hiciera para el efeto contrario; no
porque a mí me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni que tuviese a
demasía sus solicitudes; porque me daba un no sé qué de contento verme tan
querida y estimada de un tan principal caballero, y no me pesaba ver en sus
papeles mis alabanzas: que en esto, por feas que seamos las mujeres, me
parece a mí que siempre nos da gusto el oír que nos llaman hermosas.
»Pero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos que mis
padres me daban, que ya muy al descubierto sabían la voluntad de don
Fernando, porque ya a él no se le daba nada de que todo el mundo la
supiese. Decíanme mis padres que en sola mi virtud y bondad dejaban y
depositaban su honra y fama, y que considerase la desigualdad que había
entre mí y don Fernando, y que por aquí echaría de ver que sus

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