Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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los primeros nuevos santos por testigos; echóse mil futuras maldiciones, si
no cumpliese lo que me prometía; volvió a humedecer sus ojos y a acrecentar
sus suspiros; apretóme más entre sus brazos, de los cuales jamás me había
dejado; y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo
dejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido.
»El día que sucedió a la noche de mi desgracia se venía aun no tan apriesa
como yo pienso que don Fernando deseaba, porque, después de cumplido
aquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es apartarse de
donde le alcanzaron. Digo esto porque don Fernando dio priesa por partirse
de mí, y, por industria de mi doncella, que era la misma que allí le había
traído, antes que amaneciese se vio en la calle. Y, al despedirse de mí,
aunque no con tanto ahínco y vehemencia como cuando vino, me dijo que
estuviese segura de su fe y de ser firmes y verdaderos sus juramentos; y,
para más confirmación de su palabra, sacó un rico anillo del dedo y lo puso
en el mío. En efecto, él se fue y yo quedé ni sé si triste o alegre; esto
sé bien decir: que quedé confusa y pensativa, y casi fuera de mí con el
nuevo acaecimiento, y no tuve ánimo, o no se me acordó, de reñir a mi
doncella por la traición cometida de encerrar a don Fernando en mi mismo
aposento, porque aún no me determinaba si era bien o mal el que me había
sucedido. Díjele, al partir, a don Fernando que por el mesmo camino de
aquélla podía verme otras noches, pues ya era suya, hasta que, cuando él
quisiese, aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si no fue la
siguiente, ni yo pude verle en la calle ni en la iglesia en más de un mes;
que en vano me cansé en solicitallo, puesto que supe que estaba en la villa
y que los más días iba a caza, ejercicio de que él era muy aficionado.
»Estos días y estas horas bien sé yo que para mí fueron aciagos y
menguadas, y bien sé que comencé a dudar en ellos, y aun a descreer de la
fe de don Fernando; y sé también que mi doncella oyó entonces las palabras
que en reprehensión de su atrevimiento antes no había oído; y sé que me fue
forzoso tener cuenta con mis lágrimas y con la compostura de mi rostro, por
no dar ocasión a que mis padres me preguntasen que de qué andaba
descontenta y me obligasen a buscar mentiras que decilles. Pero todo esto
se acabó en un punto, llegándose uno donde se atropellaron respectos y se

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