Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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y, como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hallé
derrumbadero ni barranco de donde despeñar y despenar al amo, como le hallé
para el criado; y así, tuve por menor inconveniente dejalle y asconderme de
nuevo entre estas asperezas que probar con él mis fuerzas o mis disculpas.
Digo, pues, que me torné a emboscar, y a buscar donde sin impedimento
alguno pudiese con suspiros y lágrimas rogar al cielo se duela de mi
desventura y me dé industria y favor para salir della, o para dejar la vida
entre estas soledades, sin que quede memoria desta triste, que tan sin
culpa suya habrá dado materia para que de ella se hable y murmure en la
suya y en las ajenas tierras.»


Capítulo XXIX. Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras
cosas de mucho gusto y pasatiempo

-Esta es, señores, la verdadera historia de mi tragedia: mirad y juzgad
ahora si los suspiros que escuchastes, las palabras que oístes y las
lágrimas que de mis ojos salían, tenían ocasión bastante para mostrarse en
mayor abundancia; y, considerada la calidad de mi desgracia, veréis que
será en vano el consuelo, pues es imposible el remedio della. Sólo os ruego
(lo que con facilidad podréis y debéis hacer) que me aconsejéis dónde podré
pasar la vida sin que me acabe el temor y sobresalto que tengo de ser
hallada de los que me buscan; que, aunque sé que el mucho amor que mis
padres me tienen me asegura que seré dellos bien recebida, es tanta la
vergüenza que me ocupa sólo el pensar que, no como ellos pensaban, tengo de
parecer a su presencia, que tengo por mejor desterrarme para siempre de ser
vista que no verles el rostro, con pensamiento que ellos miran el mío ajeno
de la honestidad que de mí se debían de tener prometida.
Calló en diciendo esto, y el rostro se le cubrió de un color que mostró
bien claro el sentimiento y vergüenza del alma. En las suyas sintieron los
que escuchado la habían tanta lástima como admiración de su desgracia; y,
aunque luego quisiera el cura consolarla y aconsejarla, tomó primero la
mano Cardenio, diciendo:
-En fin, señora, que tú eres la hermosa Dorotea, la hija única del rico
Clenardo.
Admirada quedó Dorotea cuando oyó el nombre de su padre, y de ver cuán de
poco era el que le nombraba, porque ya se ha dicho de la mala manera que
Cardenio estaba vestido; y así, le dijo:
-Y ¿quién sois vos, hermano, que así sabéis el nombre de mi padre? Porque
yo, hasta ahora, si mal no me acuerdo, en todo el discurso del cuento de mi

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