Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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culpa merece. Y, porque vieses que, siendo conmigo tan inhumana, no era
posible dejar de serlo contigo, quise traerte a ser testigo del sacrificio
que pienso hacer a la ofendida honra de mi tan honrado marido, agraviado de
ti con el mayor cuidado que te ha sido posible, y de mí también con el poco
recato que he tenido del huir la ocasión, si alguna te di, para favorecer y
canonizar tus malas intenciones. Torno a decir que la sospecha que tengo
que algún descuido mío engendró en ti tan desvariados pensamientos es la
que más me fatiga, y la que yo más deseo castigar con mis propias manos,
porque, castigándome otro verdugo, quizá sería más pública mi culpa; pero,
antes que esto haga, quiero matar muriendo, y llevar conmigo quien me acabe
de satisfacer el deseo de la venganza que espero y tengo, viendo allá,
dondequiera que fuere, la pena que da la justicia desinteresada y que no se
dobla al que en términos tan desesperados me ha puesto.
»Y, diciendo estas razones, con una increíble fuerza y ligereza arremetió a
Lotario con la daga desenvainada, con tales muestras de querer enclavársela
en el pecho, que casi él estuvo en duda si aquellas demostraciones eran
falsas o verdaderas, porque le fue forzoso valerse de su industria y de su
fuerza para estorbar que Camila no le diese. La cual tan vivamente fingía
aquel estraño embuste y fealdad que, por dalle color de verdad, la quiso
matizar con su misma sangre; porque, viendo que no podía haber a Lotario, o
fingiendo que no podía, dijo:
»-Pues la suerte no quiere satisfacer del todo mi tan justo deseo, a lo
menos, no será tan poderosa que, en parte, me quite que no le satisfaga.
Y, haciendo fuerza para soltar la mano de la daga, que Lotario la tenía
asida, la sacó, y, guiando su punta por parte que pudiese herir no
profundamente, se la entró y escondió por más arriba de la islilla del lado
izquierdo, junto al hombro, y luego se dejó caer en el suelo, como
desmayada.
»Estaban Leonela y Lotario suspensos y atónitos de tal suceso, y todavía
dudaban de la verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida en tierra y
bañada en su sangre. Acudió Lotario con mucha presteza, despavorido y sin
aliento, a sacar la daga, y, en ver la pequeña herida, salió del temor que
hasta entonces tenía, y de nuevo se admiró de la sagacidad, prudencia y
mucha discreción de la hermosa Camila; y, por acudir con lo que a él le
tocaba, comenzó a hacer una larga y triste lamentación sobre el cuerpo de
Camila, como si estuviera difunta, echándose muchas maldiciones, no sólo a

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